No puedo soportarla. Hace que me derrumbe, que me duela, que mi sistema nervioso entre en crisis y pierda el control de mi corazón. El cuerpo y la vida de los otros corre peligro y mi cerebro lo asume como un riesgo propio poniendo en función medidas de defensa y de solidaridad.
Ayer viví una situación de extrema violencia entre dos adolescentes de los que, por las circunstancias, era responsable. Actué ante la primera muestra de violencia verbal y gestual. Actué rápido como pude y supe, quizá yo también reproduciendo los modelos que he observado como efectivos a pesar de entender que no son todos los mejores: elevé al máximo el volumen de mi voz, me mostré firme en el rechazo de la situación e intenté imponer mi autoridad. Y no pude pararlo. ¿Y si avivé su odio? Todo empezó a saltar por los aires.
Una pelea entre adolescentes, sí, lo que cualquiera ha vivido, pero no puedo sacar toda esa violencia de mi cabeza. Siempre he pensado que no sería capaz de agredir a otra persona, de golpear las carnes de otro con todas mis fuerzas, salvo que se me sometiera a una situación crítica. Puede que ni en ese caso. Verlo y sentirme impotente me estremeció.
¿Es importante la educación? Por supuesto. El comportamiento de los compañeros lo decía todo: sus nervios, sus intentos por resolver la situación.... No me lo saco de la cabeza. Y tras esos dos minutos eternos, reestablecer la calma fue fácil porque todos nos entendemos en lo bueno, aunque a veces resulte difícil confiar en ello. La labor que se realiza para concienciar a los jóvenes en valores cívicos está dando como fruto que los caso de violencia e intolerancia se reduzcan día a día. Queda mucho camino por andar, no cabe duda.
Llego a casa y veo las imágenes del desalojamiento de la Plaça Catalunya y volvemos a recibir un golpe en toda la cara, a bocajarro. No admito que las fuerzas de seguridad que deben protegernos actúen de esa forma contra ciudadanos que se manifiestan pacíficamente. No acepto que los representante políticos, que se supone nos representan, autoricen este tipo de actuaciones de las que son directamente responsables. No acepto que durante una semana las manifestaciones hayan sido masivas, hayan alzado su voz trascendiendo fronteras e ideologías, hayan cortado calles, hayan movilizado las conciencias, hayan revolucionado el inmovilismo de una sociedad machacada con medidas cada vez más opresivas y desesperanzadoras; y todo esto haya sido consentido porque se avecinaban unas elecciones. Y porque todos querían ganar. GANAR y no hacer autocrítica, escuchar a los indignados que nos sentíamos libres para expresar lo que durante tanto tiempo veníamos rumiando y nos decían que no teníamos derecho a reclamar. NO HAY DERECHO. Ahora que ya ha habido vecedores nos exigen que cerremos boca, pero la boca es nuestra. Ahora ya no hay medios de comunicación televisivos cubriendo 24h (alusión directa, claro que sí) las manifestaciones ni dando voz a los que la han tomado. Da asco.
La violencia institucionalizada sale a las calles, y a ver quien le echa cara para predicar unos valores y aplicar otros. Y quien les dice a los jóvenes que acaten las normas si sabemos de primera manos que muchos no estamos dispuestos a seguir aguantando. Cultura y reflexión, sólo eso evitará que acabemos convirtiéndonos en los que estamos criticando.