Se va haciendo Otoño al otro lado de la ventanilla y el autobus avanza sin dar importancia a tanta belleza, a tanta vida. Entre montañas y paradas en calles vacías, visualizo mi destino y peleo con el temor a no saber, cuando llegue, reconocer mi parada. A no sentir que este es mi sitio. Repaso a punta de bolígrafo pueblos, horas y minutos y nombres de carreteras y puertos de montaña y caídas libres sin chaleco salvavidas. Pienso en la semana y en la Chanson d'automne como canción triste de cuna abandonada hasta que se me llena el espíritu de meláncolía; y flota. Los nervios desaparecen, sólo un segundo, como si siempre las hojas se volvieran rojas sobre los árboles saciados de calor y yo viviera envuelta por la luz del atardecer de octubre en una perpetua paz de párpados entrecerrados. Después despierto y allá, donde la literatura cierra sus tapas de pasta dura, empieza el mundo. Que no es tan malo.

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