En esta edad tan peligrosa que cierra década hay algo que se ha convertido en tema recurrente: los hijos. He pensado en ello desde hace años como un plan a medio plazo, pero se ha ido alargando y ya no sabría ponerle fecha. La gente que me rodea saca el tema de vez en cuando como un proyecto que está ahí, esperando que se haga realidad. No sé si están en ello, porque claramente esto es una cuestión de estar en ello. Yo no.
Hubo un momento en mi vida en el que creo que me hubiera lanzado de cabeza, estaba segura de arriesgar y ganar, aunque no tuviera absolutamente ninguna garantía, ninguna, menos de las que tuve nunca. Es extraño, nos ponemos miles de obstáculos hipótéticos en el camino. Cuando estás seguro de algo, o de alguién, no lo piensas tanto, vives con pasión y entusiasmo, sientes que todo es posible, que todo saldrá bien y serás feliz como siempre soñaste. Después te estrellas; no siempre, pero sí en mi caso.
Estoy segura de que sería fantástico pasar las noches mirando lo bonito que es mi niño, sentarme con él a leer cuentos, recortar noticias del periódico que hablaran de poetas y leérselas despues de comer como hacía mi madre, la pesada de mi madre que nos recitaba a Verlaine sin decirnos que era él y a Lorca sin dejar de repetir su nombre y hablarnos de lo poquito que sabía de Poeta en Nueva York: que le había entusiasmado. Aún guardo recortes de Juan Ramón y Zenobia o de Machado o frases de Séneca... Aunque ella crea que no estoy orgullosas, quiero ser en muchas cosas como mi madre, mamá.
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