Este viento que se arrastra por las persianas metálicas, por las fachadas sombrías, por los cuerpos cansados, desestabiliza cada uno de mis bioritmos en un vaiven frenético. A unos pocos kilómetros, olas de diez metros golpean los paseos marítimos arrastrando a los hombres que han dejado de escuchar la advertencia de los elementos naturales. Ahora solo entienden la publicidad.
Azota una y otra y otra y otra vez las ventanas. Revuelve las hojas de los árboles que responden con un rumor ensordecedor centenario. La eternidad se refugia entre sus ramas. Los matorrales y hierbas se doblegan ante su ímpetu y aceptan su verdad incontestable. Y no es su fuerza la que convence; su emoción desbordada es su mejor argumento.
Mi cuerpo, atado a otro mundo menos cierto, se siente vapuleado al resistirse a tanta verdad entre tanto engaño. Y cae. El corazón se convierte en una caravana desbocada de enloquecidos caballos. Ruedas de madera rompen en pedazos. Toldos remendados vuelan por los aires hechos jirones, decenas de útiles de cocina forman remolinos hasta golpear las nubes. Las nubes, esas que huyen.
Este viento me volverá loca; y después todo será calma. Ella es a la que más temo, la que siento que traerá la catástrofe. Este viento se me llenará de revelaciones, lo intuyo, será todo un punto y aparte. Siento en un lugar de mí innombrable conexiones profundas, ancestrales, transgeneracionales con un mundo primitivo, salvaje y terrible que arrastra el viento de este valle. Un lenguaje olvidado. Una historia oculta y épica que espero vislumbrar en los sueños que me quedan y en el conacto con la hierba húmeda que anuncie la primavera.
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