Pensaba que gran parte de mis problemas provenían de una etapa de cambios físicos y psicológicos llamada adolescencia que superaría y no tendría terribles repercusiones en el resto de mi vida porque "de lo doloroso se aprende" y yo me empeñé en sufrir (las letras me echaron una mano y yo me eché la soga). Superé la crisis viva y tuve que seguir indagando en el origen del problema con un cigarro al borde de los labios. En los años universitarios de reflexión y análisis, convine en focalizar el origen de mis inseguridades y peleas conmigo misma en la infancia, aquella que no se cuenta, porque los trapos sucios se lavan en casa, hasta que no se ha superado la vergüenza y se comprende como un accidente carente de tragedia pero lleno de cicatrices. A ratos comencé a vomitar reproches a la cara de quienes más me quieren y a otros, dosifiqué conversaciones que buscaban liberarme, aunque siempre quedaba sangre en el tintero y pudor en la punta de una lengua más que destrozada por los mordiscos. Tampoco ahí encontré la serenidad intuida y deseada, así que la culpa de todo debía tenerla el mundo, el no encontrar mi lugar en el mundo. Salir de casa, salir de la Facultad, saltar de un centro de trabajo a otro y huir de la estabilidad de un puesto fijo, de unos compañeros repetidos a los que no podría soportar volver a ver las caras. Tampoco encontré nada. No quedaba otra, debía ser quien estaba a mi lado quien no me permitía ver la luz con la que iluminan las estrellas. Encontré un motor lo suficientemente potente para arrastrarme lejos de una vida casi decidida. Las palabras son más poderosas que la verdad. Cuando no crees que nada puede ser jamás perfecto, cualquier atisbo de dulzura que se asemeje a lo que siempre soñaste puede arratrarte a la más absoluta de las rendiciones. Decides incluso cambiar toda tu vida, lanzarte al agua sin siquiera haber aprendido a nadar y arriesgar hasta tu alma a sabiendas de que tu cuerpo ya no vale nada. Ni cuando te das cuenta del engaño, no pasan demasiadas horas porque la intuición nunca te traiciona, eres capaz de escapar de la luz más potente que jamás nació dentro de ti misma. Me encontraron débil y ahora solo lamento no haber tenido la valentía necesaria para emplearla encendiendo otras hogueras que me calentaran durante años o para siempre. Porque no hay nada más bello que lo que te llevas hasta la muerte. Y todo lo demás... fuegos fatuos.
Que dios bendiga con la soledad a los que viven de los otros y nos maldiga con dolor a los que amamos sin rencor a aquellos que nos hicieron daño.
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