Quizá como medida de autoprotección, quizá como medida de estupidez, quizá por lo que sea que uno no llega a saber razonar, se adopta el golpe bajo como respuesta a sobreentendidas agresiones que se intentan neutralizar con impactos de igual fuerza, imaginada. Y hasta buscando unos ojos que ya no se me podrían escapar ni entre millones, uno inventa respuestas a preguntas nunca formuladas. Ni en sueños. Hay que empezar a golpear más alto; a lanzar puñetazos al aire, al cielo, a las esferas más altas del espacio-tiempo. Habrá que tomar distancia - ¿qué mayor distancia que la reclusión y la ausencia? - para encontrar objetivos y lanzar disparos eficaces y enhiestos.
Vamos a encontrarnos pronto sobre el terreno y terminar esta guerra a vida o esperanza. Vamos a dedicarnos letras, pocas pero polisémicas. Vamos a romper el hielo a tiros de fuego, y pronto se caeran todos los muros que nos separan para convertirse en un campo interminable, infinito, impracticable; infinito no como el océano, sino como el universo. Por fin termina esta ampliación del campo de batalla. Por fin que acabe el mundo como se viene entendiendo.
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