Para que todo el año pasado no quede en el olvido, no se convierta en un sueño borroso de recuerdos seleccionados bajo criterios subjetivos, me ha quedado una curiosa marca física imperceptible si no se emplea un tinte fluorescente y una lente especial. Es una pequeñísima cicatriz en la córnea del ojo izquierdo. Cuando sale el sol, necesito encontrar con urgencia mis gafas oscuras en el bolso porque noto una sensibilidad que antes desconocía a los rayos de luz. Cuando me pongo nerviosa o me angustio, y esto ocurre con demasiada frecuencia, la neuralgia me ataca con un punzante dolor que va desde el interior del ojo hasta las ramificaciones nerviosas que se extienden por el lado superior y lateral izquierdo de mi cabeza alcanzando en los casos más agudos el oído. Cuando estoy triste y comienzan a brotar las lágrimas, desde hace exactamente un año, siento un escozor lacerante que me recuerda que no sólo me duele el alma, sino también uno de los dos órganos por donde entran gran parte de las imágenes de un mundo que a tiempos me fascina y a tiempos me mata.
Esta herida daré en denominarla desde hoy y en la intimidad herida de guerra, porque a veces la enfermedad es un arma y porque algunos nos pensamos o nos sentimos en guerra. Con sus acuerdos, con sus luchas, con sus bajas, con amnistías que se firman y se incumplen, con sus tiempos de paz y sus ilusiones de transición, de cambio. Porque a veces no sabes si el enemigo está aquí dentro o ahí fuera, pero nos mantenemos alerta sabiendo que las bombas pueden comenzar a caer sobre nuestras cabezas en cualquier momento y debemos tener un puñado de estrategias que poner en práctica antes de contemplar la rendición, la última de las tácticas de ataque contra uno mismo.
Y que quede claro: ni en la vida ni en la guerra ni en el amor todo vale. Pero todo, todo deja secuelas.
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