Ahora me gustaría saber cuándo y quién me metió la estúpida idea de opositar en la cabeza. Le patearía el trasero con fuerza y ganas. Soy una negada absoluta para resolver satisfactoriamente cualquier prueba de selección, lo que me deja en una situación bastante complicada en lo que se refiere al mundo laboral. Lástima no estar forrada de pasta desde el día en que nací; seguiría intentándolo, seguro, pero al menos podría pasarles por el hocico un billete de quinientos euros (¿esos existen?) a los que me miran con condescendencia cuando digo que no me he preparado el examen, ni quiero, ni lo intento. Es una cruz decidir no hacer algo y, sin embargo, hacerlo. Aunque sea sólo lo justo para salir del paso con más pena que gloria, aunque sólo sea firmar, aunque sólo sea decir "presente" cuando gritan tu nombre y apellidos en mitad de una multitud armada con una lista de nombres, boli, mirada de autosuficiencia y pendientes de perla. Joder, otro año a ver las mismas caras.
Ojalá pase todo pronto y lo pueda borrar de mi cabeza con un par de tragos. En un par de meses, cambio de planes. Hay que comenzar a tomarse la vida en serio y algún día dejar de huir de estas malditas oposiciones.
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