Me gustan los créditos al principio de la cinta; me gusta el cine en pantalla grande, rodeada de extraños, y las películas en mi televisor de diecinueve pulgadas. Me gusta pensar en qué ropa ponerme cuando la ocasión no lo exige y cambiarme de peinado al mirarme en cada uno de los cuatro espejos de mi casa de cuarenta metros cuadrados. Me gusta pasear sola por la orilla del río los domingos a las diez de la mañana y hacerlo dados de la mano a cualquier hora si me das un beso al pararnos en el semáforo. Me gusta la gente que se muere de ganas aun sabiendo que la vida está llena de insatisfacciones. Me gusta que sonrías, que te rompas de la risa, que me abraces fuerte fuerte y que te dejes abrazar; que disfrutes, que seas feliz, que me quieras o no me quieras; que estés lejos, mejor que cerca y en guerra; que te tomes el café con quien tú quieras. Y ya es un sueño si, por un segundo, te pasan nuestros recuerdos por la cabeza.
Me gusta escuchar versiones de canciones, de opiniones, de ficciones, de rayos que caen. Me gusta hacer las cosas con tiempo, pero me pone más hacerlas genial. Me gusta gustar y desagradar; me gusta repetirme y escucharme, rectificar, llorar y reírme de mis locuras. Me gusta escribir canciones, aunque jamás lo he hecho, y es que hay cosas que siquiera rozándolas en sueños, se convierten en pasión.
Me gusta sentir cariño por tantas y tantos y tantas cosas que no encuentro sitio en los cajones de mi corazón para guardar las miles de notas que recogen los momentos más dulces que me regalaron con lazo de oro y los que están por venir. Me gusta esperar que todo se arregle poniéndole empeño, fumándome el tiempo y bebiendo en silencio mientras leo el pasado en los posos del mar. Pero sobre todo, sobre todas las cosas, me gustaba esperarte, juguetar con tu pelo, encontrarnos a tientas trenzando susurros y tener la certeza de que algo tan bello jamás desaparece porque no tiene fin. Y no, no tiene fin.
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