22 de junio de 2010

Juro que a veces no doy crédito a lo que veo y a lo que oigo. Se me habrá marchitado el cerebro. Sí, debe de ser eso, porque soy incapaz de encontrar relaciones lógicas entre algunos acontecimientos. Y debe haberlas, pero... No me da el cerebro, eso es todo.

Hace años me contaron una anécdota, y siempre la tengo en la punta de la lengua en estos casos; es ya como una muletilla. Ahí va resumida: Había un tipo que frecuentaba un bar bastante sórdido al que ibamos cuando éramos adolescentes y teníamos casi tan poco dinero como vergüenza. El tipo en cuestión era de esos que la gente define con esa genial frase de "era muy listo pero se pasó de vueltas". Este caballerete al que ahora ni soy capaz de poner cara - el tiempo pasa y no vuelve - un día de Navidad estaba en casa con la familia, y, de repente, dijo en voz alta: Estoy flipando y me voy volando. [ No puedo evitar las carcajadas, así que si me tuerzo al escribir o se entiende mal mi letra... que dios me perdone]. Pronunció estas palabras y acto seguido saltó por la ventana. Y se ve que a cada uno le toca la suerte de una manera, porque a este le bendijo viviendo en un primero.

Cada vez que estoy harta, trastornada porque la situación me desborda, porque me doy cuenta de que todo es absurdo; cuando me dan ganas de desaparer completamente, de desintegrarme o de convertirme en sal y disolverme en agua para convertirme en nada por mí misma... se me viene a la punta de la lengua: estoy flipando y me voy volando. Suerte que con algo tan simple pueda sacarme yo sola una sonrisa y volver a poner en marcha el motor.

No hay comentarios:

Publicar un comentario