29 de septiembre de 2010
Día de huelga
Después de darle muchas vueltas, repetirme en voz alta argumentos a favor y en contra poniendo excusas (y sindicatos de por medio) para no llamar la atención... Decidí que sí, que haría huelga, y a continuación me quedé coja: una tendinitis en el pie izquierdo que me ha tenido tres días saltando a una pierna. Me han dado la baja por unos días, y aquí estoy, intentando saber cómo va todo en un mundo parado que no sé si lo está tanto o lo está más. Como siempre. Intuyo, por lo que voy observando en estos tres años, que en el sector en el que trabajo la repercusión habrá sido baja, o nula, al menos en el centro y ciudad en la que estoy. Allí ni dios habla del tema (ni los representantes sindicales cuando dejan unos calendarios y debajo la hoja informativa sobre la huelga: cojonuda labor de agitación), incluso tengo la impresión de que más bien molesta. ¿Será cargo de conciencia o falta de ella? Pero ya era hora, hacía falta una huelga. Y más.
28 de septiembre de 2010
Los subterráneos
Pero mientras observaba sus diminutos encantos tenía todo lo más la sola idea de que debía a toda costa sumergir mi alma solitaria («un hombre grandote, triste y solitario», según me dijo ella una noche más tarde al verme de pronto en el sillón) en el baño cálido y en la salvación de sus muslos, anhelaba esas intimidades de los jóvenes amantes en la cama, altos, los ojos ante los ojos, el pecho contra el pecho desnudo, órgano contra órgano, rodilla que se aprieta contra rodilla temblorosa y pecosa, cambiándose actos de amor y de existencia por el gusto de hacerlo. [...]
[...] veo mi vasta cara desolada, y mi llamado amor que se derrama por la callejuela, todo inútil; como antes solían ser gotas de melancolía sobre los sillones calientes, abatido de lunas (aunque esta noche es la gran noche de luna llena); como antes, cuando surgió en mí la comprensión de la necesidad de regenerar el amor universal, como corresponde a un gran escritor, como un Lutero o un Wagner, y ahora esta cálida imagen de grandeza es un vasto escalofrío en el viento, porque también la grandeza muere, ay, y ¿quién dijo que yo era grande? ¿Y suponiendo que uno fuera un gran escritor, un secreto Shakespeare, de la noche acolchada? Realmente, un poema de Baudelaire no compensa su dolor, su dolor (fue Mardou quien finalmente me dijo: «Hubiera preferido que él fuera dichoso en vez de los poemas desdichados que nos ha dejado», una opinión con la cual estoy de acuerdo, soy Baudelaire, estoy enamorado de mi amante negra, y también me incliné sobre su vientre y escuché sus rumores subterráneos) [...]
Jack Kerouac, Los subterráneos
27 de septiembre de 2010
Astrología vacía
Que alguien me diga cómo, porque no lo entiendo; de pronto me veo comprobando compatibilidades entre signos zodiacales en páginas web sembradas de anacolutos y otras malas hierbas. Y por un instante hasta me lo creo y tengo mi momento de bajón, como si de una sentencia se tratase: Queda usted condenada a cadena perpetua de soledad e insatisfacción, ya que cualquiera que sea la fecha de nacimiento del hombre en que fije su cariño, sí o sí, será un completo desastre en caso de intentar trabar una relación amorosa o de pareja. A sus órdenes, mi señoría. Tardo en salir del letargo en que imagino qué habría ocurrido si hubiera nacido un mes antes. Pienso en personas que según esto encajan a la perfección y me doy cuenta de que podrían ser mis padres, esos que en dos o tres años dejaron de quererse tanto que hasta escucharse lo convertían en un acto de terrorismo empujándonos a todos cuerpo a tierra. Joder, menos mal que los astros a veces se equivocan, de no ser así creería que provengo de una familia de desviados celestiales.
Me entretengo con estas tonterías en una noche de malas pisadas y dolor de garganta mientras se me acaban los cigarros que me prometí no fumar aunque me dispararan los recuerdos de otros. En lugar de aprovechar el tiempo - acercándose la treintena parece que ya no sobra - vuelvo a recrear historias imposibles y a reinterpretar frases que no sé entender de forma objetiva. Al final voy a ser una soñadora, voy a vivir en un mundo de fantasía, voy ser presa fácil de los otros y de sus mentiras, voy a estar sometida a mis cambios de humor con la luna llena... No creo, eso daría veracidad a un puñado de palabras vacías. ¿Alguno se ha dejado la vida y el alma perdido entre un montón de palabras vacías?
26 de septiembre de 2010
Tras meses de reflexión sobre el dolor y las mentiras, ahora me bombardean con datos neurológicos que me hacen sentir engañada. Qué locura. No hay manera posible de esconderse ni de esconder la verdad cuando esta te invade como un ejército de hombres sin nada que perder.La duda y la inseguridad es un escudo agrietado. Penetran todas las balas hasta mi corazón. No queda tiempo para curarse, más vale un fin rápido y sin llamas.
21 de septiembre de 2010
Aquí, en mitad de la meseta,
donde acaba el mundo,
el viento sopla del norte
y los hombres acostumbran
a dormir la siesta.
Aquí, donde la tristeza se esconde
en busca de descanso
tocando, suave, con su mano siniestra.
Aquí, a media vela
se siente el polvo acariciando
las piernas
y los gritos de los niños
jugando a carreras
sobre la hierba seca.
Aquí, lejos de todo,
se respiran sueños
y con lo poco que cabe en una maleta
los chicos se hacen hombres
más allá de la margen del río
y de su ribera.
Aquí, en el centro de la tierra,
aún pesan las guerras
y las piedras callan
noches de espera.
Los secretos se hacen llagas
mojadas en vino tinto
aquí, donde el silencio es la respuesta.
donde acaba el mundo,
el viento sopla del norte
y los hombres acostumbran
a dormir la siesta.
Aquí, donde la tristeza se esconde
en busca de descanso
tocando, suave, con su mano siniestra.
Aquí, a media vela
se siente el polvo acariciando
las piernas
y los gritos de los niños
jugando a carreras
sobre la hierba seca.
Aquí, lejos de todo,
se respiran sueños
y con lo poco que cabe en una maleta
los chicos se hacen hombres
más allá de la margen del río
y de su ribera.
Aquí, en el centro de la tierra,
aún pesan las guerras
y las piedras callan
noches de espera.
Los secretos se hacen llagas
mojadas en vino tinto
aquí, donde el silencio es la respuesta.
Septiembre
Levantarse a las seis de la mañana y regresar a las cuatro de la tarde va a ser una rutina difícil de tragar. Hoy luchaba con mis párpados temerosa de volver a abrirlos en Madrid, fin de trayecto. Comienza una nueva historia con personajes conocidos a los que seguir queriendo y un argumento lleno de entusiasmo. Habrá que ir trazando estrategias para conservarlo y hacerlo gigante. Hasta que invada el mundo.
19 de septiembre de 2010
Autosuficiencia
Tenía una canción de Lou Reed rebotando en mi cabeza, y de pronto me he dado cuenta de que hay otra que está apareciendo y reapareciendo como por casualidad en mis minutos de vida de los últimos meses. Miqui Puig la pinchó en un bar de mi ciudad odiada-querida, otro día la oigo en un programa de radio, después se la cuelo a unas amigas en un cd y ahora la veo en el facebook de un conocido... Resurge como el Guadiana. Me da la risa recordando cuantas veces, en uno de esos ataques de locura que a todos nos dan, se la he cantado (berreado) a mi pareja con euforia y movimientos epilépticos, ante su sorpresa. Le hace gracia un poco de desenfreno y súbito alegrón. Pues va por ti.
15 de septiembre de 2010
Paul Auster
5
En el parvulario de mi hijo había una niña cuyos padres estaban tramitando eldivorcio. Yo apreciaba particularmente al padre, un pintor poco reconocido que se ganaba la vida copiando proyectos arquitectónicos. Creo que sus cuadros eran muy hermosos, pero siempre le faltó la suerte necesaria para convencer a los marchantes de que apoyaran su obra. La única vez que expuso, la galería quebró al poco tiempo.
B. no era un intimo amigo, pero lo pasábamos bien juntos, y, siempre que lo veía, yo volvía a casa con renovada admiración por su tenacidad y su calma interior. No era un hombre que se quejara, que sintiera lástima de sí mismo. Por muy negras que le hubieran ido las cosas en los últimos años (infinitos problemas de dinero, falta de éxito artístico, amenazas de desahucio de su casero, dificultades con su antigua mujer), nada parecía desviarlo de su camino. Continuaba pintando con la misma pasión de siempre, y, al revés que muchos, nunca mostró ninguna amargura, ninguna envidia hacia artistas de menor talento a los que les iba mucho mejor que a él.
A veces, cuando no trabajaba en sus propios cuadros, hacía copias de los maestros antiguos en el Metropolitan Museum. Me acuerdo de un Caravaggio que copió un día y que me pareció extraordinario. No era una copia, sino más bien una réplica, un duplicado exacto del original. En una de aquellas visitas al museo, un millonario tejano vio trabajar a B. y quedó tan impresionado que le encargó la copia de un Renoir para regalársela a su novia.
B. era sumamente alto (casi dos metros), guapo y amable, cualidades que lo hacían especialmente atractivo para las mujeres. Cuando superó el divorcio y volvió a la circulación, no tuvo problemas para encontrar compañeras. Yo sólo lo veía dos o tres veces al año, pero cada vez había una mujer distinta en su vida. Todas estaban evidentemente locas por él. Sólo tenías que ver cómo miraban a B. para adivinar lo que sentían, pero, por una u otra razón, ninguna de sus relaciones duraba demasiado.
Dos o tres años después, el casero de B. consiguió su propósito y lo echó del estudio. B. abandonó la ciudad, y dejamos de vernos.
Pasaron varios años y entonces, una noche, B. volvió a la ciudad para asistir a una cena. Mi mujer y yo también estábamos invitados y, cuando supimos que B. estaba a punto de casarse, le pedimos que nos contara la historia de cómo había conocido a su futura mujer.
Unos seis meses antes, nos contó, había hablado por teléfono con un amigo. El amigo estaba preocupado por B., y pronto empezó a reprocharle que no hubiera vuelto a casarse. Ya hace siete años que te divorciaste, le dijo; ya hubieras podido sentar la cabeza con una docena de mujeres atractivas e interesantes. Pero ninguna te parece lo bastante buena y siempre las dejas. ¿Qué te pasa? ¿Qué demonios quieres?
No me pasa nada, dijo B. Simplemente no he encontrado la persona adecuada, eso es todo. Al ritmo que vas, nunca la encontrarás, le respondió su amigo. ¿Has encontrado alguna vez una mujer que se aproxime a lo que buscas? Dime una, sólo una. ¿A que no eres capaz de nombrar una sola mujer?
Sorprendido ante la vehemencia de su amigo, B. reflexionó sobre el asunto detenidamente. Sí, dijo por fin. Había una. Una mujer que se llamaba E., a la que había conocido en Harvard cuando era estudiante, hacía más de veinte años. Pero entonces E. salía con otro, y B. salía con otra (su futura ex mujer), y no había habido nada entre ellos. No tenía ni idea de dónde estaba E. ahora, dijo, pero si encontrara a alguien como ella, no dudaría en casarse de nuevo.
Ése fue el final de la conversación. Antes de hablarle de E; a su amigo, B. no se había acordado de aquella mujer durante más de diez años, pero, ahora que le había vuelto al pensamiento, no se la podía quitar de la cabeza. En los tres o cuatro días siguientes, pensó en ella sin parar, incapaz de librarse de la sensación de que hacía varios años había perdido una oportunidad única de ser feliz. Entonces, como si la intensidad de estos pensamientos hubiera enviado una señal a través del mundo, el teléfono sonó una noche y allí estaba E., al otro lado de la línea.
B. la tuvo al teléfono más de tres horas. Ni se enteraba de lo que le decía, pero habló y habló hasta pasada la medianoche, con la conciencia de que algo extraordinario había sucedido y no podía dejarlo escapar otra vez.
Al terminar sus estudios universitarios, E. ingresó en una compañía de baile y durante los últimos veinte años se había dedicado exclusivamente a su carrera. Nunca se había casado, y, ahora que estaba a punto de retirarse de los escenarios, llamaba a viejos amigos del pasado, intentando volver a tomar contacto con el mundo. No tenía familia (sus padres se habían matado en un accidente de coche cuando era niña) y se había criado con dos tías que ya habían muerto.
B. quedó en verla la noche siguiente. Cuando se encontraron, no tardó mucho en descubrir que sus sentimientos hacia E. eran tan fuertes como había imaginado. Volvía a estar enamorado de ella, y varias semanas después decidieron casarse.
Para que la historia sea aún más perfecta, resultó que E. tenía bienes. Sus tías habían sido ricas, y a su muerte ella había heredado todo su dinero, lo que significaba que B. no sólo había hallado el verdadero amor, sino que los incesantes proble mas de dinero que lo habían agobiado durante años habían desaparecido de repente. Todo de golpe.
Un año o dos después de la boda, tuvieron un hijo. Según mis últimas noticias, el padre, la madre y el niño están bien.
Paul Auster, El cuaderno rojo.
13 de septiembre de 2010
6 de septiembre de 2010
"El día que te conocí"
El otro día llegué con tiempo sobrante a la estación de ferrocarril sin un libro para leer y el mp4 en el fondo de la mochila. No estaba de muy buen humor, un día de esos en los que el vuelo de una mosca demasiado cerca de la oreja me altera. Cuando entré en el vestíbulo vi que había unos paneles en los que se exponían fotografías. Después de comprar el billete me acerqué a verlas. Pertenecían a un concurso relacionado con el ferrocarril como tema en todos sus aspectos. Algunas realmente bellas, me llamaban la atención por su técnica o por su creatividad. Pero una serie compuesta por cinco fotografías polaroid me hizo detenerme un rato más largo, observarlas, repasarlas, leerlas, recordarlas y asimilarlas a mis imágenes. La empatía funciona en toda manifestación artística. Cinco imágenes desenfocadas pero muy evocadoras que narraban un viaje hacia "El día que te conocí", título de la serie. Una historia en cinco instantes caracterizados con una frase manuscrita a pie que uno reconstruye con vivencias similares porque la emoción surge de lo compartido como una sonrisa y el placer de no estar solo. Un viaje en tren de tres horas para encontrar los brazos de alguien esperado recibiéndote al otro lado del objetivo, al otro lado de tus ojos.
Mientras miraba embelesada estas fotografías, un hombre mayor con un acento que no supe identificar me pregunta:
- ¿Qué es, una exposición? - Asiento, me mira un segundo y vuleve a girarse hacia los paneles - Caminos de hierro... Las máquinas de vapor, usted no conoció las másquinas de vapor, ¿verdad? - con una sonrisa pícara.
- Pues yo diría que no... - le devuelvo la sonrisa y bajo los ojos porque me da un poco de vergüenza que me vean.
Yo me quedo repasando las imágenes y él les echa un vistazo por encima. Unos minutos más tarde, está sentado, otro más que espera.Yo me pongo detrás en diagonal, saltando una fila de sillas para mantener la distancia de seguridad, haciendo como que no miro esas botas que lleva que tanto me gustan, ni calculo cuál será su destino, ¿Madrid o Barcelona? Esas botas también me traen recuerdos de unos pasos que no volveré a seguir jamás sea cual sea su destino. Estoy aún un poco obsesionada. Una voz avisa de que el tren que me devuelve a casa va a llegar, así que levanto el culo y me pongo en marcha. Bon voyage.
5 de septiembre de 2010
Canción del esposo soldado
Miguel Hernández
He poblado tu vientre de amor y sementera
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.
Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,
esposa de piel, gran trago de mi vida,
tus pechos locos crecen hacia mi dando saltos
de cierva concebida.
Ya me parece que eres un cristal delicado,
temo que te me rompas al mas leve tropiezo
y a reforzar tus penas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.
Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer te quiero cercado por las balas,
ansiado por el plomo.
Sobre los ataúdes feroces en acecho,
sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
hasta en el polvo, esposa.
Cuando junto a los campos de combate te piensa
mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
te acercas hacia mí como una loca inmensa
de hambrienta dentadura.
Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.
Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado,
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garra.
Es preciso matar para seguir viviendo.
Un dia iré a la sombra de tu pelo lejano,
y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
cosida por tu mano.
Tus piernas implacables al parto van derechas,
y tu implacable boca de labios indomables,
y ante mi soledad de explosiones y de brechas
recorres un camino de besos implacables.
Para el hijo será la paz que estoy forjando.
Y al fin en océano de irremediables huesos
tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.
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