27 de diciembre de 2011

Cosas de madre

En esta edad tan peligrosa que cierra década hay algo que se ha convertido en tema recurrente: los hijos. He pensado en ello desde hace años como un plan a medio plazo, pero se ha ido alargando y ya no sabría ponerle fecha. La gente que me rodea saca el tema de vez en cuando como un proyecto que está ahí, esperando que se haga realidad. No sé si están en ello, porque claramente esto es una cuestión de estar en ello. Yo no. 
Hubo un momento en mi vida en el que creo que me hubiera lanzado de cabeza, estaba segura de arriesgar y ganar, aunque no tuviera absolutamente ninguna garantía, ninguna, menos de las que tuve nunca. Es extraño, nos ponemos miles de obstáculos hipótéticos en el camino. Cuando estás seguro de algo, o de alguién, no lo piensas tanto, vives con pasión y entusiasmo, sientes que todo es posible, que todo saldrá bien y serás feliz como siempre soñaste. Después te estrellas; no siempre, pero sí en mi caso. 
Estoy segura de que sería fantástico pasar las noches mirando lo bonito que es mi niño, sentarme con él a leer cuentos, recortar noticias del periódico que hablaran de poetas y leérselas despues de comer como hacía mi madre, la pesada de mi madre que nos recitaba a Verlaine sin decirnos que era él y a Lorca sin dejar de repetir su nombre y hablarnos de lo poquito que sabía de Poeta en Nueva York: que le había entusiasmado. Aún guardo recortes de Juan Ramón y Zenobia o de Machado o frases de Séneca... Aunque ella crea que no estoy orgullosas, quiero ser en muchas cosas como mi madre, mamá.

26 de diciembre de 2011

Nadidad

No es fácil mantener una conversación cuando tu mente recorre otros asuntos. Ni siquiera responder a preguntas simples, menos si detectas un tono capcioso mal disimulado. Pero quién coño puede comprender tu vida? Esperan de verdad algunos que se la vayas a contar con todo lujo de detalles sin entregar una dosis de intimidad y confesión a cambio? No puedo creer el daño que hacen los encuentros amistosos en los espíritus convulsos invernales.
Sólo espero sobrevivir sin demasiadas señales a estos días de pequeña familia y encuentros. Sólo espero que todos los insultos recibidos hoy sean los últimos. No sé cómo expresar mi dolor sin resultar peripatética y victimista, o que nadie me crea y volvamos al mismo vacío.
Que se acabe tanta compañía, yo quiero mi soledad en el valle y mis noches de lucha sólo contra mí misma.

23 de diciembre de 2011

No me vas a negar que lo pasamos bien fantaseando con el futuro?

21 de diciembre de 2011

No es la noche para no poder pasarla entera. Aunque te resistas no será más larga, contamos minutos si quieres; la hacemos lenta, cara a cara. No mediremos el ritmo de nuestros párpados, ni de nuestros dedos rozando un suspiro... uno...                          .

17 de diciembre de 2011

Efecto meteorológico

Este viento va a terminar conmigo. Creí que me podría acostumbrar - a todo se acostumbra uno, me decía - pero ya no tengo tan claro que esto sea así. Cuando no son noches en vela escuchando como remueve las persianas y silba con una fuerza, al menos para mí, desconocida, son días de angustia que vuelven a concluir con noches, esta vez de taquicardias. Nunca había sentido latir mi corazón tan fuerte. Me latía en la cabeza, como si esta fuera a explotar. Angustia.
No vamos a decir que todo mi problema sea el viento, ojalá; no vamos a mentir, que para eso es mejor encender la tele. Pero ¿me afecta? Joder, pues sí, y mucho. Empiezo a pensar que los caballeros románticos nunca pasearon por un cementerio a media noche, nunca navegaron mar adentro, nunca velaron la agonía de la muerte próxima. O quizá sí... Bueno, pero esto es otra cosa. Esto es el viento.

El viento

Este viento que se arrastra por las persianas metálicas, por las fachadas sombrías, por los cuerpos cansados, desestabiliza cada uno de mis bioritmos en un vaiven frenético. A unos pocos kilómetros, olas de diez metros golpean los paseos marítimos arrastrando a los hombres que han dejado de escuchar la advertencia de los elementos naturales. Ahora solo entienden la publicidad.
Azota una y otra y otra y otra vez las ventanas. Revuelve las hojas de los árboles que responden con un rumor ensordecedor centenario. La eternidad se refugia entre sus ramas. Los matorrales y hierbas se doblegan ante su ímpetu y aceptan su verdad incontestable. Y no es su fuerza la que convence; su emoción desbordada es su mejor argumento.
Mi cuerpo, atado a otro mundo menos cierto, se siente vapuleado al resistirse a tanta verdad entre tanto engaño. Y cae. El corazón se convierte en una caravana desbocada de enloquecidos caballos. Ruedas de madera rompen en pedazos. Toldos remendados vuelan por los aires hechos jirones, decenas de útiles de cocina forman remolinos hasta golpear las nubes. Las nubes, esas que huyen.
Este viento me volverá loca; y después todo será calma. Ella es a la que más temo, la que siento que traerá la catástrofe. Este viento se me llenará de revelaciones, lo intuyo, será todo un punto y aparte. Siento en un lugar de mí innombrable conexiones profundas, ancestrales, transgeneracionales con un mundo primitivo, salvaje y terrible que arrastra el viento de este valle. Un lenguaje olvidado. Una historia oculta y épica que espero vislumbrar en los sueños que me quedan y en el conacto con la hierba húmeda que anuncie la primavera.

11 de diciembre de 2011

Aquí me veo, apoyada en la misma almohada de hace tres años escribiendo boca abajo y muriendo por encender un cigarrillo. Miento, esta almohada es viscoelástica, tiene menos gracia y menos sueños que la que antaño me acompañaba. Casi no recuerdo aquellos días de risas entrecortadas...Apenas una imagen, un rubor, al evocar las noches de introducción interminable a la nada. Poco ha cambiado por aquí, sólo yo que tengo menos resistencia al sueño, más miedo al fracaso, casi el mismo tiempo para ser feliz por fin. Dudo que lo consiga por este camino. Siempre me queda volver a recuperar la almohada y dormir profundamente.