24 de enero de 2010

Sueños y perros

Anoche soñé con perros hambrientos a la orilla del mar. Rodeaban un cadáver que acababa de ser arrastrado por la marea y depositado sobre la arena como por unas delicadas manos de espuma blanca. El cuerpo lívido aparecía parcialmente cubierto por un vestido nuevo, recién sacado del armario para una ocasión especial. Ahora, completamente empapado, se ceñía al cuerpo en un abrazo protector. El rostro se ocultaba tras largos mechones húmedos y enredados; en los labios entreabiertos, una palabra a medio pronunciar; en las mejillas, aún el recuerdo de un rubor tenue; sobre el cuello, la señal difuminada de un beso dado con devoción y esmero.

Anoche soñé con perros hambrientos que rodeaban un cuerpo muerto tendido sobre un manto de arena y sal. Sus manos escondían algo sobre lo que los perros posaban sus miradas. Entre los dedos sin vida podía entreverse un papel mojado. La tinta negra que había dibujado trazos perfectos en algún momento no muy lejano ahora se escurría por los renglones en una especie de llanto incontenido de cada una de las palabras. Sin poder leer ni una sola de las pocas frases que entre arrugas se intuían, me sentí caer. Caer en un profundo abismo de dolor y miedo. Descender desde mi cama, y aún envuelta sólo por las sábanas, hasta la entrada del lugar oscuro donde habita la pena…


…Como si hubiera sido arrastrada también por la corriente o empujada por una ráfaga de viento, me vi sobre la misma playa acercándome a cuatro patas a aquel círculo de perros hambrientos. Me vi entre ellos y sentí un calor inmenso que me llevó hasta el desvanecimiento. Al recuperar la visión pude contemplar los ojos de aquellos animales de pelo oscuro llenos de lágrimas e inspiré todo el aire que nos rodeaba al notar sobre mí sus solemnes miradas.

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