25 de enero de 2010

Lectura

Leyendo algunos poemas de Ángel González en voz alta sentí cómo me temblaba la voz. El público eran veinte chicos jóvenes con los que acostumbro a tratar. Hace tiempo que perdí la vergüenza en su compañía. No sé muy bien qué me hizo sentirme tan vulnerable en aquel momento, lo cierto es que, al comenzar a repasar las palabras con mis ojos segundos antes de empezar a hablar, ya noté aquel temblor en mi interior. El primer poema lo leí rápido, un poco asustada. El segundo, el que aparece más abajo en la entrada que le dedico, pude recitarlo como si nadie me escuchara, como si habláramos de corazón a corazón. Y fue al terminar de pronunciar la última palabra cuando me quedé sin voz. Quería hablarles de algunas cosas, pero estuve unos segundos paralizada. Sabía que ellos no comprendían aquello. Escuchaban con atención pero sólo les llegaba una leve emoción que no sabían identificar con claridad ni sentir en profundidad. No son algunos textos para recitar en voz alta, sino para saborear en silencio, en soledad y en la cama.

Al encontrar Otoño y otras luces me ilusioné. Llevaba tiempo queriendo retomar la lírica, ponerla de nuevo en el lugar que había tenido en mi vida años atrás. Comencé leyendo textos de esos que se estudian en la Historia de la Literatura más canónica y después viajando, saltando, de un poeta a otro con la curiosidad de una muchacha de dieciséis años que siente estar descubriendo sola y sin guía el mundo. Textos manoseados, páginas que parecían no haber sido jamás tocadas, ediciones bilingües, letras obscenas, seriedad y espacios en blanco. Sorteando con palabras mis silencios y guardando emociones como secretos fui llenando horas. Devoré algunos textos y volví al estudio. Pasé de la lectura caóticamente reflexiva al comentario ordenado por niveles. Incluso con un orden premeditado se dejan llevar mis trabajos por la espontaneidad y la intuición (así parece que lo reconocieron algunos que asistieron a aquellos textos a veces creo que regados de ensoñaciones). Durante años apenas pude acercarme a un libro sin ponerme a prueba y mis miedos hicieron que me alejara poco a poco de lo que deseé que fuera mi vida.

Ahora, al encontrar Otoño y otras luces, al leerlo en silencio cubierta por las sábanas de una cama alquilada por motivos de trabajo, siento que vuelvo a encontrar algo a lo que agarrarme para retomar la búsqueda. Aún temo carecer de sensibilidad para saber apreciar la lírica; aún temo ser demasiado tonta y no entender nada de lo que leo; aún temo que este bloqueo mental y vital al que me enfrento no sea vencido nunca. Pero si hay un arma que me pueda ser útil en esta lucha, ésa es la literatura. Estoy segura.


[Cuando leí aquellos poemas ante mi público adolescente alguno me dijo que me emocionaba porque me acordaba de mi pareja. Lástima que se equivoque tanto. Pero eso es otra historia.]

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