A veces, cuando hace mucho frío, me arde la cara. El viento irrita mi piel y me hace sentir ásperas hasta las más tiernas caricias. En este invierno duro y desafiante temo no encontrar la calma que hallé antaño al tacto de aquella piel tan suave. Pero quién sabe...
Los días de vientos huracanados, la nieve cubriendo las calles, la lluvia empapando mi abrigo cada mañana en ese largo paseo hasta el trabajo, nos han hecho más fuertes y han conseguido reconciliarnos con el suelo que pisamos. Con el cielo que soñamos.
Al calor del abrazo de un amigo con quien las palabras no pronunciadas se transforman en gestos de cariño espontáneos, pensé en este invierno. Cuando llegue el deshielo, los grandes ríos y todos sus afluentes se verán desbordados. Quizá en primavera podamos atravesar todo el territorio en nuestro barquito de vela y descansar del viaje tomando café en alguna terraza de nuestra nueva Venecia. Quién sabe...
Los días de vientos huracanados, la nieve cubriendo las calles, la lluvia empapando mi abrigo cada mañana en ese largo paseo hasta el trabajo, nos han hecho más fuertes y han conseguido reconciliarnos con el suelo que pisamos. Con el cielo que soñamos.
Al calor del abrazo de un amigo con quien las palabras no pronunciadas se transforman en gestos de cariño espontáneos, pensé en este invierno. Cuando llegue el deshielo, los grandes ríos y todos sus afluentes se verán desbordados. Quizá en primavera podamos atravesar todo el territorio en nuestro barquito de vela y descansar del viaje tomando café en alguna terraza de nuestra nueva Venecia. Quién sabe...

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