Nunca sé cual de los dos es el día de los santos y cuál el de los difuntos, ni cuándo se celebra halloween, ni por qué tengo que soportar siempre que voy al cementerio a la señora beata que limpia semanalmente (puede que incluso a diario...) la tumba que está a la derecha del padre, del padre de mi madre, por supuesto. Yo adoro a mi abuelo, jamás en la vida había llorado tanto como cuando estaba muriéndose. Desde entonces hasta un barquito de papel naufragando puede hacer nacer en mí un manantial de lágrimas que mana sin control. Puede que entonces se me dieran de sí las glándulas lacrimales. O simplemente sea que los años, la enfermedad, el dolor y la muerte sean asuntos con los que no puedo convivir y en cada milímetro del mundo veo su sombra. A menudo la vida me resulta insoportable, de formas muy distintas y variadas.Y sin embargo, la señora beata que guarda la tumba que se halla a la derecha del padre no me conmueve de forma alguna. Seguramente no es un ser demoniaco, pero me incomoda. Me molesta su falsa bondad, su forma de inmiscuirse en lo que no la llaman. Su gusto por juzgar los comportamientos de los demás persinándose después de pronunciar cada palabra. Lo siento, de veras, pero ...¡que le jodan , señora!
Ni siquiera puedo ahora reproducir el incidente de esta mañana porque este fin de semana tengo el estómago sensible y es lo que necesitaría para volver a vomitar, pero me ha hecho sentir mal. Yo sólo voy al cementerio días como este porque mi madre me lo pide y ella no puede ir, tiene la mala costumbre de dedicarse en cuerpo y alma a los vivos antes que a los muertos. Yo sólo voy al cementerio como algo símbólico, porque para decirte que aún te quiero se me llena de besos la boca cada vez que me acuesto. Yo sólo voy al cementerio para escuchar el silencio, tú silencio, y recordar cómo eran tus manos hundiéndose en la tierra y lo bonito que sería plantar sobre ti un árbol y devolverte tu forma de metáfora y poesía. Yo solo quiero estar a solas contigo y no soportar a esa señora que cada vez que me ve me repite con mucha educación que tu tumba está sucia y que no vamos lo suficiente a cuidarla y que ella alguna vez le pasa un trapo para quitarle las hojas secas. No le voy a explicar mi vida, ni la de mi madre, ni la de mi abuela que no ha sido devorada por el cáncer como su marido, pero se la come (y nos emplea a nosotros como postre) la demencia. No tengo por qué explicarle todo eso así que me he limitado a contestar de forma cortante y dar media vuelta, dejándome en la punta de la lengua que no creo en dios, ni voy a misa como ella, ni creo en la vida eterna, y que a mi abuelo le hubiera dado igual donde enterraran su cuerpo porque lo que amaba era estar vivo y que lo único que lamento es que cuando me muera, con un poco de mala suerte, me enterrarán cerca de ella. Lo bueno es que ninguna de las dos se dará cuenta.
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