Hay temas que nunca pasan de moda, que podemos rastrear desde los principios del pensamiento, de la literatura, del arte. El Amor, omnipresente; la Muerte, omnipotente. Ambos pueden unirse de una forma indisoluble y dar a luz a la más sofocante de las Angustias.
Cuando era una cría llegué a creerme inmortal. Y no de forma metafórica, sino realmente inmortal. No tenía tan claro que los que me rodeaban también lo fueran y eso me llenaba de tristeza y dolor. Nunca duraban demasiado esos delirios tan paradógicos dado que mi salud era frágil como el cristal. Pasé gran parte de mi infancia en hospitales, médicos públicos y privados, la cama de mi cuarto. Eso, las huidas y escondites son algunos de los recuerdos que me quedan. Aún así creí ser inmortal y ahora ya no. También creía en dios y ahora ya no. Hoy siento que el tiempo pasa, que no consigo que la vida sea como deseaba y que, probablemente, deba enfrentarme al hecho de que jamás van a convertirse en realidad todos aquellos anhelos y deseos formulados frente a las nubes cada mes de marzo.
Pienso que esto le ocurre a muchísima gente, no me siento para nada un ser especial (no quiero engañar a nadie) porque eso es cosa sólo de los demás. No sé cómo lo afrontan otros, pero a mí me aterroriza y me hace desear esconderme con los ojos cerrados en mi habitación. Desde pequeña me causaba gran ansiedad no saber cómo abarcar todo lo que quería conseguir. Conocimiento, fundamentalmente. No saber más de esto y de lo otro; no escuchar más música y no saber por dónde comenzar; no leer más y más libros (incluso me propuse leer en orden todos los volúmenes- novela, poesía, filosofía y ensayo literario - de la biblioteca de mi pequeña ciudad, pero abandoné rápidamente, sobre todo por lo de seguir un orden). No tener claro qué hacer con mi vida. No ser la mejor, o al menos buena, en nada. Ahora se me ha ido pasando el tiempo y ya no sé cómo aceptar la mediocridad a que me lancé de cabeza.
Seguramente la solución esté en madurar, que ya toca. En revisar prioridades y necesidades, en reciclar recuerdos, en crear nuevos deseos que se ajusten a la realidad. Ésta tan cambiante y, he de aceptarlo, ahora nueva, distinta a aquella inocente que lucha por sobrevivir dentro de mí.
Lo reconozco, temo el paso del tiempo, aunque por mi naturaleza contradictoria y absurda dedico las horas a dejarlas pasar. Temo cada uno de los signos que aparecen en mi cuerpo anunciando que ya no... En fin.
El viento sopla hoy con fuerza y golpea la ventana de mi habitación. Menos mal que aquí hace calor.
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