16 de febrero de 2010

11 - 16 de Febrero

Casi tres días encerrada en casa, casi sin hablar, sólo pensando e intentando volver a sentirme equilibrada. Una reflexión sobre Edipo se ha perdido en el laberinto oscuro que es mi cerebro en fines de semana largos.

Odio el carnaval. Mejor dicho, nunca me disfrazo y odio ver al resto de la gente oculta tras máscaras acercándose a tomar el pelo a los demás en un estúpido juego de: ¿a que no sabes quién soy? No, ni me importa. Bueno, este año no he tenido que soportarlo porque llevo casi tres días encerrada en casa.

Un par de frases que no me esperaba, y mi frágil equilibrio emocional ha perdido su único punto de apoyo. Ha comenzado a tambalearse buscando su eje en un complejo juego de pesos y contrapesos. En un complejo trabajo de construcción de nuevos pilares y refuerzos que sirvan como medida provisional antes de comenzar la edificación de un nuevo lugar para mi alma. Éste más fuerte y duradero. Eso espero.

Esta mañana, a escasos minutos del mediodía, tras endurecerse completamente la última palada de cemento, sentí que sí, que estaba preparada para salir y ver de nuevo el sol. Que puedo ir tranquila a casa de mi madre a comer sin temer envolverme entre bocado y bocado en un ciclón de imágenes confusas y recuerdos que me harán decirle que me voy de allí corriendo otra vez más. Podré salir a tomar un café con mis amigas sin sentirme triste y con ganas de acabar el encuentro con celeridad. Organizaré un poco mi trabajo de la semana antes de que llegue la medianoche y con ella la somnoliencia acompañada de la nostalgia que volverá a abrir grietas en estas paredes enfermas.

Este dolor de cabeza que me está acompañando todo el fin de semana acabará con los recuerdos. En algunos momentos creo que ha llegado la hora de hacer una limpieza profunda, que no queda más que polvo, y ya no polvo enamorado, sino polvo de engaños. Que hay que cambiar el color de estas paredes y empezar a sonreír sin que me duelan los músculos de la cara por el esfuerzo, recuperar la naturalidad. Hay que ponerse delante del espejo y reconocer que la ficción se sobrepuso de tal forma a la realidad que para cualquiera habría sido confuso. Que estoy harta de tener que leer a gente que se siente tan especial que lanza espadas afiladas contra el mundo y sólo protege a su pequeño círculo de iluminados-seres-especiales-tocados-por-lamanodedios. No hay nada más simple y más estúpido que sentirse único y especial despreciando a los demás por tener unas vidas huecas criticadas desde el profundo desconocimiento de ellas. En fin... me lío. Toca cambiar el paso y hasta de rúbrica para que no me reconozca ni la que me trajo al mundo. Esa que ahora está esperando que la catástrofe de su hija aparezca por la puerta para comer casi dos horas más tarde de lo que prometió. Ya voy, mamá (por cierto, a mí también me han pedido que sea pronto mamá).

No hay comentarios:

Publicar un comentario