28 de febrero de 2010
27 de febrero de 2010
Tiempo
Hay temas que nunca pasan de moda, que podemos rastrear desde los principios del pensamiento, de la literatura, del arte. El Amor, omnipresente; la Muerte, omnipotente. Ambos pueden unirse de una forma indisoluble y dar a luz a la más sofocante de las Angustias.
Cuando era una cría llegué a creerme inmortal. Y no de forma metafórica, sino realmente inmortal. No tenía tan claro que los que me rodeaban también lo fueran y eso me llenaba de tristeza y dolor. Nunca duraban demasiado esos delirios tan paradógicos dado que mi salud era frágil como el cristal. Pasé gran parte de mi infancia en hospitales, médicos públicos y privados, la cama de mi cuarto. Eso, las huidas y escondites son algunos de los recuerdos que me quedan. Aún así creí ser inmortal y ahora ya no. También creía en dios y ahora ya no. Hoy siento que el tiempo pasa, que no consigo que la vida sea como deseaba y que, probablemente, deba enfrentarme al hecho de que jamás van a convertirse en realidad todos aquellos anhelos y deseos formulados frente a las nubes cada mes de marzo.
Pienso que esto le ocurre a muchísima gente, no me siento para nada un ser especial (no quiero engañar a nadie) porque eso es cosa sólo de los demás. No sé cómo lo afrontan otros, pero a mí me aterroriza y me hace desear esconderme con los ojos cerrados en mi habitación. Desde pequeña me causaba gran ansiedad no saber cómo abarcar todo lo que quería conseguir. Conocimiento, fundamentalmente. No saber más de esto y de lo otro; no escuchar más música y no saber por dónde comenzar; no leer más y más libros (incluso me propuse leer en orden todos los volúmenes- novela, poesía, filosofía y ensayo literario - de la biblioteca de mi pequeña ciudad, pero abandoné rápidamente, sobre todo por lo de seguir un orden). No tener claro qué hacer con mi vida. No ser la mejor, o al menos buena, en nada. Ahora se me ha ido pasando el tiempo y ya no sé cómo aceptar la mediocridad a que me lancé de cabeza.
Seguramente la solución esté en madurar, que ya toca. En revisar prioridades y necesidades, en reciclar recuerdos, en crear nuevos deseos que se ajusten a la realidad. Ésta tan cambiante y, he de aceptarlo, ahora nueva, distinta a aquella inocente que lucha por sobrevivir dentro de mí.
Lo reconozco, temo el paso del tiempo, aunque por mi naturaleza contradictoria y absurda dedico las horas a dejarlas pasar. Temo cada uno de los signos que aparecen en mi cuerpo anunciando que ya no... En fin.
El viento sopla hoy con fuerza y golpea la ventana de mi habitación. Menos mal que aquí hace calor.
La última semana del mes más triste del año
Hay tantas cosas que soñé contar esta semana... Y ahora me desinflo como un globo de feria. No existe nada con menos instinto de superviviencia en mi vida que una ilusión. Dura lo que un suspiro; lo que tarda una lágrima en deslizarse desde mis ojos hasta mi boca.
Necesito una lista ahora:
- El gusto.
- El tacto.
- El olfato.
- Ellos dos. Él dándome las gracias; el otro(igual y tan distinto) diciéndome hasta el martes con la mirada.
- El concierto de Bill Callahan.
- El cumpleaños de mi hermano.
- Las ganas de llorar por leer y por no poder leer.
- Los recuerdos que un día son victorias y al siguiente son fracasos.
- Ovidio, Heródoto, Virgilio, Claudio Claudiano, Teofrasto, Borges, Cees Nooteboom.
- Saber < SAPERE - Paul Auter- Quinn- Stillman - saborear ----------- sé.
- Deshielo en casa. Pronóstico reservado.
- Alcohol. Más.
- Soledad. Más.
- Imágenes repetidas en distinto formato.
- Anhelos.
- Cigarros.
- Pretéritos perfectos aplastando subjuntivos inconjugables.
- Incluso un dios.
Necesito una lista ahora:
- El gusto.
- El tacto.
- El olfato.
- Ellos dos. Él dándome las gracias; el otro(igual y tan distinto) diciéndome hasta el martes con la mirada.
- El concierto de Bill Callahan.
- El cumpleaños de mi hermano.
- Las ganas de llorar por leer y por no poder leer.
- Los recuerdos que un día son victorias y al siguiente son fracasos.
- Ovidio, Heródoto, Virgilio, Claudio Claudiano, Teofrasto, Borges, Cees Nooteboom.
- Saber < SAPERE - Paul Auter- Quinn- Stillman - saborear ----------- sé.
- Deshielo en casa. Pronóstico reservado.
- Alcohol. Más.
- Soledad. Más.
- Imágenes repetidas en distinto formato.
- Anhelos.
- Cigarros.
- Pretéritos perfectos aplastando subjuntivos inconjugables.
- Incluso un dios.
22 de febrero de 2010
19 de febrero de 2010
16 de febrero de 2010
11 - 16 de Febrero
Casi tres días encerrada en casa, casi sin hablar, sólo pensando e intentando volver a sentirme equilibrada. Una reflexión sobre Edipo se ha perdido en el laberinto oscuro que es mi cerebro en fines de semana largos.
Odio el carnaval. Mejor dicho, nunca me disfrazo y odio ver al resto de la gente oculta tras máscaras acercándose a tomar el pelo a los demás en un estúpido juego de: ¿a que no sabes quién soy? No, ni me importa. Bueno, este año no he tenido que soportarlo porque llevo casi tres días encerrada en casa.
Un par de frases que no me esperaba, y mi frágil equilibrio emocional ha perdido su único punto de apoyo. Ha comenzado a tambalearse buscando su eje en un complejo juego de pesos y contrapesos. En un complejo trabajo de construcción de nuevos pilares y refuerzos que sirvan como medida provisional antes de comenzar la edificación de un nuevo lugar para mi alma. Éste más fuerte y duradero. Eso espero.
Esta mañana, a escasos minutos del mediodía, tras endurecerse completamente la última palada de cemento, sentí que sí, que estaba preparada para salir y ver de nuevo el sol. Que puedo ir tranquila a casa de mi madre a comer sin temer envolverme entre bocado y bocado en un ciclón de imágenes confusas y recuerdos que me harán decirle que me voy de allí corriendo otra vez más. Podré salir a tomar un café con mis amigas sin sentirme triste y con ganas de acabar el encuentro con celeridad. Organizaré un poco mi trabajo de la semana antes de que llegue la medianoche y con ella la somnoliencia acompañada de la nostalgia que volverá a abrir grietas en estas paredes enfermas.
Este dolor de cabeza que me está acompañando todo el fin de semana acabará con los recuerdos. En algunos momentos creo que ha llegado la hora de hacer una limpieza profunda, que no queda más que polvo, y ya no polvo enamorado, sino polvo de engaños. Que hay que cambiar el color de estas paredes y empezar a sonreír sin que me duelan los músculos de la cara por el esfuerzo, recuperar la naturalidad. Hay que ponerse delante del espejo y reconocer que la ficción se sobrepuso de tal forma a la realidad que para cualquiera habría sido confuso. Que estoy harta de tener que leer a gente que se siente tan especial que lanza espadas afiladas contra el mundo y sólo protege a su pequeño círculo de iluminados-seres-especiales-tocados-por-lamanodedios. No hay nada más simple y más estúpido que sentirse único y especial despreciando a los demás por tener unas vidas huecas criticadas desde el profundo desconocimiento de ellas. En fin... me lío. Toca cambiar el paso y hasta de rúbrica para que no me reconozca ni la que me trajo al mundo. Esa que ahora está esperando que la catástrofe de su hija aparezca por la puerta para comer casi dos horas más tarde de lo que prometió. Ya voy, mamá (por cierto, a mí también me han pedido que sea pronto mamá).
Odio el carnaval. Mejor dicho, nunca me disfrazo y odio ver al resto de la gente oculta tras máscaras acercándose a tomar el pelo a los demás en un estúpido juego de: ¿a que no sabes quién soy? No, ni me importa. Bueno, este año no he tenido que soportarlo porque llevo casi tres días encerrada en casa.
Un par de frases que no me esperaba, y mi frágil equilibrio emocional ha perdido su único punto de apoyo. Ha comenzado a tambalearse buscando su eje en un complejo juego de pesos y contrapesos. En un complejo trabajo de construcción de nuevos pilares y refuerzos que sirvan como medida provisional antes de comenzar la edificación de un nuevo lugar para mi alma. Éste más fuerte y duradero. Eso espero.
Esta mañana, a escasos minutos del mediodía, tras endurecerse completamente la última palada de cemento, sentí que sí, que estaba preparada para salir y ver de nuevo el sol. Que puedo ir tranquila a casa de mi madre a comer sin temer envolverme entre bocado y bocado en un ciclón de imágenes confusas y recuerdos que me harán decirle que me voy de allí corriendo otra vez más. Podré salir a tomar un café con mis amigas sin sentirme triste y con ganas de acabar el encuentro con celeridad. Organizaré un poco mi trabajo de la semana antes de que llegue la medianoche y con ella la somnoliencia acompañada de la nostalgia que volverá a abrir grietas en estas paredes enfermas.
Este dolor de cabeza que me está acompañando todo el fin de semana acabará con los recuerdos. En algunos momentos creo que ha llegado la hora de hacer una limpieza profunda, que no queda más que polvo, y ya no polvo enamorado, sino polvo de engaños. Que hay que cambiar el color de estas paredes y empezar a sonreír sin que me duelan los músculos de la cara por el esfuerzo, recuperar la naturalidad. Hay que ponerse delante del espejo y reconocer que la ficción se sobrepuso de tal forma a la realidad que para cualquiera habría sido confuso. Que estoy harta de tener que leer a gente que se siente tan especial que lanza espadas afiladas contra el mundo y sólo protege a su pequeño círculo de iluminados-seres-especiales-tocados-por-lamanodedios. No hay nada más simple y más estúpido que sentirse único y especial despreciando a los demás por tener unas vidas huecas criticadas desde el profundo desconocimiento de ellas. En fin... me lío. Toca cambiar el paso y hasta de rúbrica para que no me reconozca ni la que me trajo al mundo. Esa que ahora está esperando que la catástrofe de su hija aparezca por la puerta para comer casi dos horas más tarde de lo que prometió. Ya voy, mamá (por cierto, a mí también me han pedido que sea pronto mamá).
14 de febrero de 2010
Hay días
Hay días en los que una tiene la cabeza en otra parte. Que cuesta mantener la conversación y dar una apariencia más o menos inteligente. En esos días importa ser al menos agradable.
Hay días en que una se pierde en la inseguridad y en la certeza de ser de todo menos necesaria. Los esfuerzos valen la pena cuando se hacen por personas a las que se quiere. A esas a las que jamás se daña. Hay que ir tirando.
Hay días y meses y años que se hacen perennes.
Descubro en los caminos del viernes hacia casa cuánto me gustan los árboles de hoja caduca. Cuánto me gusta veros desnudos, sin artificio, bajo la nieve.
Hay días en que una se pierde en la inseguridad y en la certeza de ser de todo menos necesaria. Los esfuerzos valen la pena cuando se hacen por personas a las que se quiere. A esas a las que jamás se daña. Hay que ir tirando.
Hay días y meses y años que se hacen perennes.
Descubro en los caminos del viernes hacia casa cuánto me gustan los árboles de hoja caduca. Cuánto me gusta veros desnudos, sin artificio, bajo la nieve.
13 de febrero de 2010
12 de febrero de 2010
Frío
La casa congelada tras pasar cuatro largos días con sus noches deshabitada. Un frío que voy a combatir con un chocolate calentito y una cajetilla de cigarros que ya va por la mitad. Pulmones calientes, pulmones destrozados.
Esta vez me quedan casi cuatro días por delante para calentar esta casa. Va a echar llamaradas.
Esta vez me quedan casi cuatro días por delante para calentar esta casa. Va a echar llamaradas.
1 de febrero de 2010
Puede que fuéramos ridículos
El joven siempre disfrutaba cuando su chica estaba alegre; no ocurría con frecuencia: tenía un trabajo bastante complicado, en un ambiente desagradable, con muchas horas extras; en casa, su madre estaba enferma, solía estar cansada; tampoco destacaba por la firmeza de sus nervios ni por su seguridad en sí misma, era víctima fácil de la angustia y el miedo. Por eso era capaz de recibir cualquier manifestación de alegría de ella con la ternura y el cuidado de un padre adoptivo. Le sonrió y dijo:
—Hoy estoy de suerte. Hace ya cinco años que conduzco pero nunca he llevado a una autoestopista tan guapa.
La chica le estaba agradecida al joven por cada una de las zalamerías que le hacía; tenía ganas de disfrutar un rato de aquella cálida sensación y por eso le dijo:
—Parece que sabe mentir muy bien.
—¿Tengo cara de mentiroso?
—Tiene cara de disfrutar mintiendo a las mujeres—dijo la chica y en su voz había un resto involuntario de la vieja angustia, porque creía realmente que a su joven le gustaba mentirles a las mujeres.
El joven ya se había sentido molesto algunas veces por los celos de la chica, pero esta vez podía pasarlos fácilmente por alto, porque la frase no iba dirigida a él, sino a un conductor desconocido. Por eso le respondió sin más:
—¿Eso le molesta?
—Si saliese con usted, me importaría —dijo la chica y había en ello un sutil mensaje al joven; pero el final de la frase iba dirigido ya al desconocido conductor— Pero como a usted no le conozco, no me molesta.
—Las mujeres siempre encuentran muchos más defectos en su propio hombre que en los demás —ahora se trataba de un sutil mensaje pedagógico del joven a la chica—, pero ya que no tenemos nada que ver, podríamos entendernos bien.
La chica no tenía intención de entender el mensaje pedagógico subyacente y por eso se dirigió exclusivamente al conductor desconocido:
—¿Y qué, si dentro de un momento nos vamos a separar?
—¿Por qué?
—Porque en Bystrica me bajo.
—¿Y qué pasaría si yo me bajase con usted?
Al oír estas palabras la chica miró al joven y comprobó que tenía exactamente el aspecto que ella se imaginaba en sus más amargas horas de celos; se horrorizó al ver con qué coquetería la halagaba (a ella, a una autoestopista desconocida) y lo bien que le sentaba. Por eso le contestó en plan provocador:
—¿Y qué iba a hacer usted conmigo?
—Con una mujer tan guapa no necesitaría pensar demasiado qué hacer —dijo el joven, y en ese momento hablaba ya más para su chica que para la autoestopista.
Pero la chica sintió como si, al hacerle decir aquella frase halagadora, lo hubiera cogido por sorpresa, como si con un astuto truco lo hubiera obligado a confesar; tuvo un breve e intenso ataque de odio y dijo:
—¿No le parece que exagera?
—Hoy estoy de suerte. Hace ya cinco años que conduzco pero nunca he llevado a una autoestopista tan guapa.
La chica le estaba agradecida al joven por cada una de las zalamerías que le hacía; tenía ganas de disfrutar un rato de aquella cálida sensación y por eso le dijo:
—Parece que sabe mentir muy bien.
—¿Tengo cara de mentiroso?
—Tiene cara de disfrutar mintiendo a las mujeres—dijo la chica y en su voz había un resto involuntario de la vieja angustia, porque creía realmente que a su joven le gustaba mentirles a las mujeres.
El joven ya se había sentido molesto algunas veces por los celos de la chica, pero esta vez podía pasarlos fácilmente por alto, porque la frase no iba dirigida a él, sino a un conductor desconocido. Por eso le respondió sin más:
—¿Eso le molesta?
—Si saliese con usted, me importaría —dijo la chica y había en ello un sutil mensaje al joven; pero el final de la frase iba dirigido ya al desconocido conductor— Pero como a usted no le conozco, no me molesta.
—Las mujeres siempre encuentran muchos más defectos en su propio hombre que en los demás —ahora se trataba de un sutil mensaje pedagógico del joven a la chica—, pero ya que no tenemos nada que ver, podríamos entendernos bien.
La chica no tenía intención de entender el mensaje pedagógico subyacente y por eso se dirigió exclusivamente al conductor desconocido:
—¿Y qué, si dentro de un momento nos vamos a separar?
—¿Por qué?
—Porque en Bystrica me bajo.
—¿Y qué pasaría si yo me bajase con usted?
Al oír estas palabras la chica miró al joven y comprobó que tenía exactamente el aspecto que ella se imaginaba en sus más amargas horas de celos; se horrorizó al ver con qué coquetería la halagaba (a ella, a una autoestopista desconocida) y lo bien que le sentaba. Por eso le contestó en plan provocador:
—¿Y qué iba a hacer usted conmigo?
—Con una mujer tan guapa no necesitaría pensar demasiado qué hacer —dijo el joven, y en ese momento hablaba ya más para su chica que para la autoestopista.
Pero la chica sintió como si, al hacerle decir aquella frase halagadora, lo hubiera cogido por sorpresa, como si con un astuto truco lo hubiera obligado a confesar; tuvo un breve e intenso ataque de odio y dijo:
—¿No le parece que exagera?
Milán Kundera, "Tercera parte: El falso autoestop", El libro de los amores ridículos.
Una colección de relatos protagonizados por personajes cotidianos que observados mientras caminan por las calles no despertarían ni la más mínima curiosidad. Pero la vida es otra cuando la espiamos a través de un agujerido horadado en la pared que protege nuestra intimidad, la de cada uno de nosotros. Podemos sentarnos en la cómoda butaca del cine o recostarnos tapados con una manta en el sofá de nuestra casa viendo pasar frente a nuestros ojos cómo ríen, sufren y tropiezan los protagonistas de una peli o de un libro o de nuestros propios recuerdos. Podemos hacerlo con la distancia adecuada para descansar toda la noche abrazados a sueños programados que nos permitan salir de la rutina de cada día; podemos hacerlo, por supuesto que sí. Pero hay historias que funcionan como un espejo deformante cuya imagen, bien mirada, nos atrapa en un sinfín de coincidencias de las que nos es difícil huir. Queda un poso de tristeza tras la sonrisa esbozada a medias por exigencia de las convenciones.
El libro de los amores ridículos probablemente fue escrito como dicen en una de las épocas más felices de la vida de Milan Kundera; probablemente. Nos presenta escenas cargadas de humor; indudable. Pero parece que en Kundera siempre subyace la intención de, en el momento menos pensado, lanzarte una bofetada. Una de esas que te devuelven al mundo real con los ojos bien abiertos por si vuelves encontrarte ante la ocasión de estropearlo todo y esta vez poder reaccionar, porque piensas que ahora sí, ahora sí que lo venía oliendo. Su sarcasmo y ambigüedad remueven un conjunto de sensaciones en ocasiones profundamente contradictorias. Hay momentos en los que me gustaría atizar a Kundera con su libro en el trasero y mandarle al carajo. O gritarle: ¡Pero de qué vas! A veces, cuando leo, olvido la diferencia entre realidad y ficción, entre autor y narrador, entre personajes y yo misma.
En esta primera lectura me quedo con una reflexión y una pregunta: qué difícil es comunicarse cuando estamos tan obsesionados con nosotros mismos y qué falta me hace repasar la teoría de las presuposicones e implicaturas conversacionales. Por otro lado, ¿asumimos que el concepto de amor que algunos nos hemos fabricado es una utopía o miramos para otro lado hasta que llegue la noche y podamos ser felices en nuestros sueños programados?
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