5 de agosto de 2010

Velada

Sigue hablando del trabajo, de lo cansado que está, de que ya no tienen la ilusión de antes. Le reprocha que ha perdido toda aquella energía y se ha olvidado de intentar que lo suyo vaya para adelante. Espera que le proponga planes, pero nunca lo hace. Y él espera mientras le dice todas las cosas que hace mal y ha de mejorar. Recuerda cuando sentía que la amaba y era feliz aunque de vez en cuanto tuviera que pelear por intentar corregir todos los defectos que ella tenía y sigue teniendo pese a sus constantes esfuerzos por convertirla en la mujer perfecta con la que siempre había soñado, aquella que le haría sentirse orgulloso al caminar juntos con el brazo posado sobre sus hombros. Le explica y levanta la voz sólo para que entienda que esto es serio y deje de interrumpirlo. Oh, esa maldita manía suya de justificarlo todo, de explicarse interminablemente hasta que termina por no abrir la boca y, ahí, el silencio y la indiferencia que le da la razón. Porque la tiene. Y mientras, H piensa en su vida trazada en un mapa de caminos que se bifurcan. Y ella parada intentando decidir eternamente si seguir avanzando o hundir sus manos en la tierra para cavar un pozo de la lleve al mismo centro de la tierra. Recuerda cuando estaba estudiando y el mundo era de otra manera. El primer piso que compartió y al que él iba de vez en cuando para acariciarle el cabello que sólo le rozaba los hombros en aquella época. Le viene a la cabeza aquel fin de semana que él llegó y ella casi estaba preparada. Ella eligió la ropa que, a su entender y teniendo en cuenta su recato, la presentaba como una mujer sensual, deseosa de hacer de aquel tiempo juntos un tiempo inolvidable. Desde la puerta, lo condujo con besos y susurros hasta la habitación, gozando de la sonrisa de satisfacción que se esbozaba en su cara. Lo puso de espaldas y abrió la puerta despacio. sin apartar su mirada de la de él. Dentro, el olor de la cera ardiendo bailaba con la luz de las velas que convertían la habitación en un pedazo de cielo que los acogía en aquella tibia oscuridad. La abrazó, la besó, dejó que un brillo acuoso apareciera en sus ojos y la desnudó con la dulzura con la que se descubre a la persona amada. Aún puede recordar aquellos momentos antes de que desapareciera la luz de las velas y ella comenzara a caminar a tientas, arrimada a la pared para evitar todo roce, todo contacto con el mundo tal y como lo quiso conocer. Ahora, a oscuras mirando la televisión mientras él habla, se le ocurre una idea. Quizá sea una estupidez, pero… Puede que no sea tarde para dejar de esperar, ¿no?

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