24 de agosto de 2010

A ras

El otro día, mirando el cielo estrellado desde el balcón de la casa prestada en la sierra madrileña, recordé que nunca me interesaron demasiado los astros ni la inmensidad del universo. Que de pequeña mi madre me regaló un microscopio y una colección de minerales con los que pasaba horas ejercitando los cinco sentidos. Mamá siempre me decía: levanta la cabeza, camina mirando arriba, en el cielo también puedes encontrar cosas que perderás si solo posas tu vista en el suelo. Además, hace feo. Y quizá sea por timidez o vergüenza o miedo a que se abra la tierra y nos trague a todos en un bostezo, pero no he sabido dejar de fijar mi atención en lo que está más cerca de mis pies  y de mis manos. Las paredes, las puertas, los espejos, el polvo del camino y el áspero asfalto que desgasta las suelas de mis zapatos, que raras veces alzan tacones, me trajeron más loca que los aeroplanos sobrevolándonos o las altas torres de las iglesias que acercan sus campanas a dios. A mi me gustaba agacharme para mirar de cerca las huellas de los gatos sobre la tierra húmeda tras una noche de tormenta y caminar por los campos de alfalfa escuchando como se tronchaba con cada uno de mis pasos para erguirse de nuevo al avanzar. Todavía hoy estoy pegada a lo que nace del suelo y a lo que regresa a él después de un tiempo que amenudo no es suficiente. Puede que por eso a veces repte y, para ascender, me pegue a las paredes de roca con mis manos, mis pies y mis  rodillas convirtiéndome en un nuevo relieve de la piedra.

Aunque ahora, de cuando en cuando, miro al cielo intentando descubrir qué fascina a otros, sigo bajando la mirada y así encuentro las sonrisas de los niños, las sombras alargadas y silenciosas de mis manos, los pies de otros escondidos en distintos calzados, los ratones que corretean doblando veloces las esquinas, los borradores de nota de suicido escritos en servilletas de bar, las gotas de sangre que pasan inadvertidas... Será la fuerza de la gravedad o una profunda inseguridad atada directamente al alma, pero vivo a ras de tierra y de agua, y eso condiciona mi forma de observar y de pensar.

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