31 de agosto de 2010

24 de agosto de 2010

A ras

El otro día, mirando el cielo estrellado desde el balcón de la casa prestada en la sierra madrileña, recordé que nunca me interesaron demasiado los astros ni la inmensidad del universo. Que de pequeña mi madre me regaló un microscopio y una colección de minerales con los que pasaba horas ejercitando los cinco sentidos. Mamá siempre me decía: levanta la cabeza, camina mirando arriba, en el cielo también puedes encontrar cosas que perderás si solo posas tu vista en el suelo. Además, hace feo. Y quizá sea por timidez o vergüenza o miedo a que se abra la tierra y nos trague a todos en un bostezo, pero no he sabido dejar de fijar mi atención en lo que está más cerca de mis pies  y de mis manos. Las paredes, las puertas, los espejos, el polvo del camino y el áspero asfalto que desgasta las suelas de mis zapatos, que raras veces alzan tacones, me trajeron más loca que los aeroplanos sobrevolándonos o las altas torres de las iglesias que acercan sus campanas a dios. A mi me gustaba agacharme para mirar de cerca las huellas de los gatos sobre la tierra húmeda tras una noche de tormenta y caminar por los campos de alfalfa escuchando como se tronchaba con cada uno de mis pasos para erguirse de nuevo al avanzar. Todavía hoy estoy pegada a lo que nace del suelo y a lo que regresa a él después de un tiempo que amenudo no es suficiente. Puede que por eso a veces repte y, para ascender, me pegue a las paredes de roca con mis manos, mis pies y mis  rodillas convirtiéndome en un nuevo relieve de la piedra.

Aunque ahora, de cuando en cuando, miro al cielo intentando descubrir qué fascina a otros, sigo bajando la mirada y así encuentro las sonrisas de los niños, las sombras alargadas y silenciosas de mis manos, los pies de otros escondidos en distintos calzados, los ratones que corretean doblando veloces las esquinas, los borradores de nota de suicido escritos en servilletas de bar, las gotas de sangre que pasan inadvertidas... Será la fuerza de la gravedad o una profunda inseguridad atada directamente al alma, pero vivo a ras de tierra y de agua, y eso condiciona mi forma de observar y de pensar.

23 de agosto de 2010

13 de agosto de 2010

Esperando

Cada día, la soledad se abre camino.

10 de agosto de 2010

5 de agosto de 2010

Velada

Sigue hablando del trabajo, de lo cansado que está, de que ya no tienen la ilusión de antes. Le reprocha que ha perdido toda aquella energía y se ha olvidado de intentar que lo suyo vaya para adelante. Espera que le proponga planes, pero nunca lo hace. Y él espera mientras le dice todas las cosas que hace mal y ha de mejorar. Recuerda cuando sentía que la amaba y era feliz aunque de vez en cuanto tuviera que pelear por intentar corregir todos los defectos que ella tenía y sigue teniendo pese a sus constantes esfuerzos por convertirla en la mujer perfecta con la que siempre había soñado, aquella que le haría sentirse orgulloso al caminar juntos con el brazo posado sobre sus hombros. Le explica y levanta la voz sólo para que entienda que esto es serio y deje de interrumpirlo. Oh, esa maldita manía suya de justificarlo todo, de explicarse interminablemente hasta que termina por no abrir la boca y, ahí, el silencio y la indiferencia que le da la razón. Porque la tiene. Y mientras, H piensa en su vida trazada en un mapa de caminos que se bifurcan. Y ella parada intentando decidir eternamente si seguir avanzando o hundir sus manos en la tierra para cavar un pozo de la lleve al mismo centro de la tierra. Recuerda cuando estaba estudiando y el mundo era de otra manera. El primer piso que compartió y al que él iba de vez en cuando para acariciarle el cabello que sólo le rozaba los hombros en aquella época. Le viene a la cabeza aquel fin de semana que él llegó y ella casi estaba preparada. Ella eligió la ropa que, a su entender y teniendo en cuenta su recato, la presentaba como una mujer sensual, deseosa de hacer de aquel tiempo juntos un tiempo inolvidable. Desde la puerta, lo condujo con besos y susurros hasta la habitación, gozando de la sonrisa de satisfacción que se esbozaba en su cara. Lo puso de espaldas y abrió la puerta despacio. sin apartar su mirada de la de él. Dentro, el olor de la cera ardiendo bailaba con la luz de las velas que convertían la habitación en un pedazo de cielo que los acogía en aquella tibia oscuridad. La abrazó, la besó, dejó que un brillo acuoso apareciera en sus ojos y la desnudó con la dulzura con la que se descubre a la persona amada. Aún puede recordar aquellos momentos antes de que desapareciera la luz de las velas y ella comenzara a caminar a tientas, arrimada a la pared para evitar todo roce, todo contacto con el mundo tal y como lo quiso conocer. Ahora, a oscuras mirando la televisión mientras él habla, se le ocurre una idea. Quizá sea una estupidez, pero… Puede que no sea tarde para dejar de esperar, ¿no?

4 de agosto de 2010

Cuestión de lenguas

Me gusta escuchar palabras en otras lenguas, pronunciar con rasgos marcados letras de otra tierra. Disfruto escuchando a quienes entiendo y a quienes no entiendo y, aunque me intentaras liar con razones que entiendo y, aún, no comprendo, me gustan los no-castellanoparlantes y los bilingües acérrimos. Lo que ya no me gusta es creer las mentiras que me tragué y no digiero. En fin...

1 de agosto de 2010

... otras: Cuanto me duele.
Apenas pude dormir ayer por los terribles dolores musculares y hoy porque no dejo de pensar que quiero ir a Lisboa antes de que acabe el año; mejor antes de que acabe el verano.