Jim Jarmusch es desde hace más de quince años, más de la mitad de mi vida, el director de cine que más me atrae, por eso al ver que pasaban en la filmoteca The limits of control no me lo pensé dos veces. Aunque disfruto del cine sola, me hubiera gustado la compañía de una mente despierta con quien compartir puntos de vista, porque se trata de una de esas obras que te desconciertan, de esas que te rondarán durante meses por la cabeza descubriendo nuevas claves administradas con cuenta gotas hasta lograr reconstruir qué te han contado durante dos horas.
Veo dos planos externos fundamentales que apreciar en el discurso: lo visual y sonoro ensamblado con lo argumental y lo sugerido. Como en otras de sus pelis, la subjetividad, lo evocador, los silencios, la intuición y lo instintivo tienen un papel fundamental y estoy segura que estos elementos están presentes no sólo en el resultado, sino desde el mismo momento de génesis artística. Se me antoja Jarmusch un visionario, un poeta del cine y del ser contemporáneo; por encima de todo, un vanguardista. La impresión que causa esta cinta en los sentidos ya es motivo suficiente para verla. La magnífica fotografía lleva la impronta de Doyle, otro genio del que hace pocos meses pude también disfrutar en alguno de sus trabajos. Como las impresiones son algo íntimo e intransferible en lo esencial, yo presento las mías como lo que son, una apreciación subjetiva sin mayores pretensiones: las imágenes enormemente sugerentes del desierto de Almería, recuerdos de western y sutil huella de Dead Man, otra de las de este autor con una de las bandas sonoras que mejor se conservan en mi memoria; los árboles pasando delante de la cámara al ritmo del tren, como esos que algunos nos empeñamos en fotografiar cuando avanzamos por la carretera a ciento cuarenta kilómetros por hora; los reflejos en los cristales donde se atraviesan imágenes exteriores e interiores en un juego simbólico y envolvente que llega a producir un efecto en el espectador entre narcótica y alucinógena. Junto a ello, el tratamiento del elemento sonoro, algo que considero fundamental en el cine, o mejor, en el discurso moderno e innovador del cine que se nos presenta en creaciones como la que es objeto de estas líneas. Vuelven los silencios, el diálogo se llena de elementos paralingüísticos y contextuales; la música no invade la imagen, sino que la realza y los motivos sonoros que se repiten como leitmotiv se convierten en unidades denotativas, no anuncian como ocurre en otras historias, son elementos fundamentales que construyen el argumento. A esto se suma el cuidado en la banda sonora, el control de los cambios de volumen y una estética que en los contrastes y contradicciones manifiesta una visión del mundo que se abre a múltiples perspectivas unidas por la necesidad de ahondar en la complejidad de un mundo que se debate entre lo global, lo mediatizado y lo individual.
El tipo de discurso cinematográfico que proponen autores como Jarmusch requiere compromiso como espectador. Quizá sea esta una de las diferencias fundamentales entre el cine comercial y el independiente. Anoche estuve viendo Last Days de Gus Van Sant y pueden encontrarse entre las dos películas elementos comunes – aunque poco tienen que ver sus contenidos y punto de vista – que lo que demuestran es una forma distinta de hacer cine; la búsqueda de códigos, de lenguajes, de discursos propios del Séptimo Arte distintos de los de la Literatura, del Teatro, etc. Pero si hay elementos estructurales que en ambos autores pueden apreciarse, también es cierto que el estilo es completamente distinto, así como la intención (comparo estas dos obras por haberlas visto con una diferencia de doce horas y tenerlas recientes). En cualquier caso, y esto es lo que importa, sigue habiendo gente que no dejará que nos recostemos en la butaca o en el sofá sin hacer nada más que mirar la pantalla. En el siglo XXI toca pensar.
Veo dos planos externos fundamentales que apreciar en el discurso: lo visual y sonoro ensamblado con lo argumental y lo sugerido. Como en otras de sus pelis, la subjetividad, lo evocador, los silencios, la intuición y lo instintivo tienen un papel fundamental y estoy segura que estos elementos están presentes no sólo en el resultado, sino desde el mismo momento de génesis artística. Se me antoja Jarmusch un visionario, un poeta del cine y del ser contemporáneo; por encima de todo, un vanguardista. La impresión que causa esta cinta en los sentidos ya es motivo suficiente para verla. La magnífica fotografía lleva la impronta de Doyle, otro genio del que hace pocos meses pude también disfrutar en alguno de sus trabajos. Como las impresiones son algo íntimo e intransferible en lo esencial, yo presento las mías como lo que son, una apreciación subjetiva sin mayores pretensiones: las imágenes enormemente sugerentes del desierto de Almería, recuerdos de western y sutil huella de Dead Man, otra de las de este autor con una de las bandas sonoras que mejor se conservan en mi memoria; los árboles pasando delante de la cámara al ritmo del tren, como esos que algunos nos empeñamos en fotografiar cuando avanzamos por la carretera a ciento cuarenta kilómetros por hora; los reflejos en los cristales donde se atraviesan imágenes exteriores e interiores en un juego simbólico y envolvente que llega a producir un efecto en el espectador entre narcótica y alucinógena. Junto a ello, el tratamiento del elemento sonoro, algo que considero fundamental en el cine, o mejor, en el discurso moderno e innovador del cine que se nos presenta en creaciones como la que es objeto de estas líneas. Vuelven los silencios, el diálogo se llena de elementos paralingüísticos y contextuales; la música no invade la imagen, sino que la realza y los motivos sonoros que se repiten como leitmotiv se convierten en unidades denotativas, no anuncian como ocurre en otras historias, son elementos fundamentales que construyen el argumento. A esto se suma el cuidado en la banda sonora, el control de los cambios de volumen y una estética que en los contrastes y contradicciones manifiesta una visión del mundo que se abre a múltiples perspectivas unidas por la necesidad de ahondar en la complejidad de un mundo que se debate entre lo global, lo mediatizado y lo individual.
El tipo de discurso cinematográfico que proponen autores como Jarmusch requiere compromiso como espectador. Quizá sea esta una de las diferencias fundamentales entre el cine comercial y el independiente. Anoche estuve viendo Last Days de Gus Van Sant y pueden encontrarse entre las dos películas elementos comunes – aunque poco tienen que ver sus contenidos y punto de vista – que lo que demuestran es una forma distinta de hacer cine; la búsqueda de códigos, de lenguajes, de discursos propios del Séptimo Arte distintos de los de la Literatura, del Teatro, etc. Pero si hay elementos estructurales que en ambos autores pueden apreciarse, también es cierto que el estilo es completamente distinto, así como la intención (comparo estas dos obras por haberlas visto con una diferencia de doce horas y tenerlas recientes). En cualquier caso, y esto es lo que importa, sigue habiendo gente que no dejará que nos recostemos en la butaca o en el sofá sin hacer nada más que mirar la pantalla. En el siglo XXI toca pensar.
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