Llevaba un par de años posponiendo un viaje a Murcia y llegó un Día del Libro, Día de Castilla, cuando la Primavera se ponía máscara de Verano durante un viaje de seis horas con meta en el Mediterráneo. Y aunque reconozco que siento devoción por la mitad noroeste de la Península, mis ojos me dicen que la luz de Levante acariciando aquel mar en calma tiene algo que actúa como sedante en los espíritus agitados por viento de proa.
Dormimos las cuatro horas necesarias para que nuestros párpados no se cerraran a mitad de camino y cogimos temprano la carretera envueltos en una niebla que apenas nos permitía ver el camino. Racionadas las paradas y sin prisas, sabíamos que recorrer los cientos de kilómetros que nos separaban de nuestro destino, de nuestros amigos, requerían paciencia. Pero no hay trayecto largo, ni cansado, ni aburrido, ni enterrado en el olvido cuando se disfruta de cada metro recorrido. Me encanta viajar en coche y ver cómo el paisaje cambia al otro lado de la ventanilla. Llegamos a la sierra madrileña a primera hora de la mañana. Hasta allí fue un paseo. La gran ciudad de lejos, los aviones sobrevolando nuestras cabezas aún nos llaman la atención (curiosidad en los habitantes de ciudad pequeña); mi deseo de tomar el desvío hacia el centro y plantarme en mitad del Retiro… La M40 me saca en minutos de recuerdos sobre cafés que nunca he tomado y frases que no serán pronunciadas jamás de la misma manera, jamás susurrando tan suave. Dirección Valencia. Suplico a mi pareja de viaje una parada y un cigarro en un bar de carretera donde aún el sol no calienta pero el café me abrasa la lengua en el primer sorbo. Titubeo, no sé si sentarme en el taburete o darme un paseo hasta el expositor de CDs para ver si Manolo Escobar ha sido sustituido por Falete. Lo más prudente es seguir de pie, inmóvil, para evitar atraer alguna mirada que descubra la urgencia de un buen corte de pelo para esta caótica melena. Minutos después reanudamos el viaje con las gafas de sol puestas, sorprendidos de que a mitad de un bostezo parece que ya estamos en Albacete, atravesando campos eólicos, rodeando la ciudad y sintiendo cómo el sol comienza quemar nuestros brazos utilizando la luna del coche como lupa.
Sobre la una llegamos a Murcia, nos deshacemos de chaquetas innecesarias y respiro hondo los veinticinco grados de temperatura que no sentía desde el verano pasado en la meseta norte. Después de dar un paseo y tomar una caña para hacer tiempo hasta que mi amiga del alma venga a buscarnos, nos enredamos en una comida regada de cerveza Estrella Levante y cientos de palabras. Como si nos hubiéramos visto ayer, porque hay personas con las que nunca se pierde la conexión y los conocimientos compartidos son tantos que hasta de los silencios prolongados surgen risas y una sola letra nos dice lo que la otra está pensando.
Por la tarde nos acercamos al centro, me compro un libro de historias de fantasmas por el que estuvieron a punto de pagarme dinero y paseamos orillas del Segura, hasta el vestíbulo del precioso casino que a mi amiga le recuerda a tertulia literaria y a mí, me ocurre con todos los casinos, me hace pensar en La Regenta aunque en éste se me llenan las retinas de muchísima más luz y colorido. Después de hacer un par de fotos a la catedral volvemos a las cañas; y cuando creía que el sueño comenzaba a vencerme, se me enciende el cerebro con una discusión sobre formas de vida en las que comencé a pensar hace ya algo más de un año, a la que no acabo de dar conclusión ni síntesis y para la que sigo esperando un interlocutor que me ayude a definir mi punto de vista. Y después, a la cama.
Al día siguiente nuestros amigos nos llevan a recorrer los alrededores y la primera parada no podía ser otra, había que saludar al Mediterráneo. Me quedo con ganas de ver los flamencos que me prometieron que habría en las salinas (somos gente poco conocedora de las costumbres migratorias de las aves), pero me queda una bala en la recámara y la utilizo para enunciar el deseo de ir a Orihuela, que hace cien años nació Miguel Hernández y no sé cuando volveré a tener la oportunidad de ver las nubes desde donde el poeta soñaba. Ya casi he olvidado lo difícil que fue encontrar su casa natal, porque se han grabado en mí más nítidamente
recuerdos de una preciosa ciudad con pared de roca y escaleras hacia el cerro, con cúpulas de teja esmaltada, con una casa humilde en dirección opuesta al cementerio donde un grupo de personas recitaban poesía acompañados por una guitarra y donde me hubiera quedado hasta que se pusiera el sol, clavando en sus miradas mi mirada para decir que siempre se me hincha el corazón cuando oigo voces decididas y profundas, comprometidas y emocionadas humedeciendo palabras llenas de alma. Recorrimos la casa con paso distinto, acabando en el patio bañado de luz, de verde, de azul y blanco con la higuera al fondo, subiendo algunos peldaños, invitando a disfrutar de su sombra. En silencio salimos a escuchar algunos versos más y en silencio nos miramos despidiéndonos de Orihuela siguiendo la carretera que bordea el palmeral.
Camino a casa la imaginación vuela y tras tocar el último punto de nuestro itinerario que llamaba a disfrutar de las vistas de Murcia cubierta de noche y plagada de luces desde las alturas de la Fuensanta, volvimos a dormir para levantarnos con ganas de ir a visitar Cartagena. Una ciudad que merece la pena saborear y a la que sé que regresaré porque se me quedó un gusto en la boca que quiero volver a paladear. Atardecer en Cala Cortina con un cigarro que se convierte en cenizas flotando sobre un mar en calma tan terso, tan plano que sugiere que si lo tratas bien te dejará caminar sobre sus
aguas. Y allí nuestras caras que han empezado a tomar un color dorado, obsequio de dos días despejados a más de veintiocho grados, parecen las de los protagonistas de una película hecha para jóvenes que disfrutan la vida.
Y al día siguiente volvemos a deshacer el camino recorrido, temprano de nuevo, que a mí me espera otro viaje por la tarde a la ciudad que me acoge de lunes a viernes, y quiero descansar antes un rato, porque la imágenes se me asientan en sueños y necesito reposarlas para convertirlas en recuerdos de un precioso fin de semana lejos de la quietud que últimamente me tiene enganchada.
Dormimos las cuatro horas necesarias para que nuestros párpados no se cerraran a mitad de camino y cogimos temprano la carretera envueltos en una niebla que apenas nos permitía ver el camino. Racionadas las paradas y sin prisas, sabíamos que recorrer los cientos de kilómetros que nos separaban de nuestro destino, de nuestros amigos, requerían paciencia. Pero no hay trayecto largo, ni cansado, ni aburrido, ni enterrado en el olvido cuando se disfruta de cada metro recorrido. Me encanta viajar en coche y ver cómo el paisaje cambia al otro lado de la ventanilla. Llegamos a la sierra madrileña a primera hora de la mañana. Hasta allí fue un paseo. La gran ciudad de lejos, los aviones sobrevolando nuestras cabezas aún nos llaman la atención (curiosidad en los habitantes de ciudad pequeña); mi deseo de tomar el desvío hacia el centro y plantarme en mitad del Retiro… La M40 me saca en minutos de recuerdos sobre cafés que nunca he tomado y frases que no serán pronunciadas jamás de la misma manera, jamás susurrando tan suave. Dirección Valencia. Suplico a mi pareja de viaje una parada y un cigarro en un bar de carretera donde aún el sol no calienta pero el café me abrasa la lengua en el primer sorbo. Titubeo, no sé si sentarme en el taburete o darme un paseo hasta el expositor de CDs para ver si Manolo Escobar ha sido sustituido por Falete. Lo más prudente es seguir de pie, inmóvil, para evitar atraer alguna mirada que descubra la urgencia de un buen corte de pelo para esta caótica melena. Minutos después reanudamos el viaje con las gafas de sol puestas, sorprendidos de que a mitad de un bostezo parece que ya estamos en Albacete, atravesando campos eólicos, rodeando la ciudad y sintiendo cómo el sol comienza quemar nuestros brazos utilizando la luna del coche como lupa.Sobre la una llegamos a Murcia, nos deshacemos de chaquetas innecesarias y respiro hondo los veinticinco grados de temperatura que no sentía desde el verano pasado en la meseta norte. Después de dar un paseo y tomar una caña para hacer tiempo hasta que mi amiga del alma venga a buscarnos, nos enredamos en una comida regada de cerveza Estrella Levante y cientos de palabras. Como si nos hubiéramos visto ayer, porque hay personas con las que nunca se pierde la conexión y los conocimientos compartidos son tantos que hasta de los silencios prolongados surgen risas y una sola letra nos dice lo que la otra está pensando.
Por la tarde nos acercamos al centro, me compro un libro de historias de fantasmas por el que estuvieron a punto de pagarme dinero y paseamos orillas del Segura, hasta el vestíbulo del precioso casino que a mi amiga le recuerda a tertulia literaria y a mí, me ocurre con todos los casinos, me hace pensar en La Regenta aunque en éste se me llenan las retinas de muchísima más luz y colorido. Después de hacer un par de fotos a la catedral volvemos a las cañas; y cuando creía que el sueño comenzaba a vencerme, se me enciende el cerebro con una discusión sobre formas de vida en las que comencé a pensar hace ya algo más de un año, a la que no acabo de dar conclusión ni síntesis y para la que sigo esperando un interlocutor que me ayude a definir mi punto de vista. Y después, a la cama.
Al día siguiente nuestros amigos nos llevan a recorrer los alrededores y la primera parada no podía ser otra, había que saludar al Mediterráneo. Me quedo con ganas de ver los flamencos que me prometieron que habría en las salinas (somos gente poco conocedora de las costumbres migratorias de las aves), pero me queda una bala en la recámara y la utilizo para enunciar el deseo de ir a Orihuela, que hace cien años nació Miguel Hernández y no sé cuando volveré a tener la oportunidad de ver las nubes desde donde el poeta soñaba. Ya casi he olvidado lo difícil que fue encontrar su casa natal, porque se han grabado en mí más nítidamente
Camino a casa la imaginación vuela y tras tocar el último punto de nuestro itinerario que llamaba a disfrutar de las vistas de Murcia cubierta de noche y plagada de luces desde las alturas de la Fuensanta, volvimos a dormir para levantarnos con ganas de ir a visitar Cartagena. Una ciudad que merece la pena saborear y a la que sé que regresaré porque se me quedó un gusto en la boca que quiero volver a paladear. Atardecer en Cala Cortina con un cigarro que se convierte en cenizas flotando sobre un mar en calma tan terso, tan plano que sugiere que si lo tratas bien te dejará caminar sobre sus
Y al día siguiente volvemos a deshacer el camino recorrido, temprano de nuevo, que a mí me espera otro viaje por la tarde a la ciudad que me acoge de lunes a viernes, y quiero descansar antes un rato, porque la imágenes se me asientan en sueños y necesito reposarlas para convertirlas en recuerdos de un precioso fin de semana lejos de la quietud que últimamente me tiene enganchada.
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