
23 de mayo de 2010
16 de mayo de 2010
9 de mayo de 2010
Los Planetas
Dentro de un par de semanas veremos cómo suenan esta vez Los Planetas en directo. La última vez que los vi, hace tres o cuatro años, a J incluso se le entendía lo que decía, que no es poco... Es una pequeña broma a medias. Llevo toda la semana escuchando el disco durante el largo trayecto desde mi segunda casa al trabajo y me gusta. Seguro que será un buen día.
The limits of control
Jim Jarmusch es desde hace más de quince años, más de la mitad de mi vida, el director de cine que más me atrae, por eso al ver que pasaban en la filmoteca The limits of control no me lo pensé dos veces. Aunque disfruto del cine sola, me hubiera gustado la compañía de una mente despierta con quien compartir puntos de vista, porque se trata de una de esas obras que te desconciertan, de esas que te rondarán durante meses por la cabeza descubriendo nuevas claves administradas con cuenta gotas hasta lograr reconstruir qué te han contado durante dos horas.
Veo dos planos externos fundamentales que apreciar en el discurso: lo visual y sonoro ensamblado con lo argumental y lo sugerido. Como en otras de sus pelis, la subjetividad, lo evocador, los silencios, la intuición y lo instintivo tienen un papel fundamental y estoy segura que estos elementos están presentes no sólo en el resultado, sino desde el mismo momento de génesis artística. Se me antoja Jarmusch un visionario, un poeta del cine y del ser contemporáneo; por encima de todo, un vanguardista. La impresión que causa esta cinta en los sentidos ya es motivo suficiente para verla. La magnífica fotografía lleva la impronta de Doyle, otro genio del que hace pocos meses pude también disfrutar en alguno de sus trabajos. Como las impresiones son algo íntimo e intransferible en lo esencial, yo presento las mías como lo que son, una apreciación subjetiva sin mayores pretensiones: las imágenes enormemente sugerentes del desierto de Almería, recuerdos de western y sutil huella de Dead Man, otra de las de este autor con una de las bandas sonoras que mejor se conservan en mi memoria; los árboles pasando delante de la cámara al ritmo del tren, como esos que algunos nos empeñamos en fotografiar cuando avanzamos por la carretera a ciento cuarenta kilómetros por hora; los reflejos en los cristales donde se atraviesan imágenes exteriores e interiores en un juego simbólico y envolvente que llega a producir un efecto en el espectador entre narcótica y alucinógena. Junto a ello, el tratamiento del elemento sonoro, algo que considero fundamental en el cine, o mejor, en el discurso moderno e innovador del cine que se nos presenta en creaciones como la que es objeto de estas líneas. Vuelven los silencios, el diálogo se llena de elementos paralingüísticos y contextuales; la música no invade la imagen, sino que la realza y los motivos sonoros que se repiten como leitmotiv se convierten en unidades denotativas, no anuncian como ocurre en otras historias, son elementos fundamentales que construyen el argumento. A esto se suma el cuidado en la banda sonora, el control de los cambios de volumen y una estética que en los contrastes y contradicciones manifiesta una visión del mundo que se abre a múltiples perspectivas unidas por la necesidad de ahondar en la complejidad de un mundo que se debate entre lo global, lo mediatizado y lo individual.
El tipo de discurso cinematográfico que proponen autores como Jarmusch requiere compromiso como espectador. Quizá sea esta una de las diferencias fundamentales entre el cine comercial y el independiente. Anoche estuve viendo Last Days de Gus Van Sant y pueden encontrarse entre las dos películas elementos comunes – aunque poco tienen que ver sus contenidos y punto de vista – que lo que demuestran es una forma distinta de hacer cine; la búsqueda de códigos, de lenguajes, de discursos propios del Séptimo Arte distintos de los de la Literatura, del Teatro, etc. Pero si hay elementos estructurales que en ambos autores pueden apreciarse, también es cierto que el estilo es completamente distinto, así como la intención (comparo estas dos obras por haberlas visto con una diferencia de doce horas y tenerlas recientes). En cualquier caso, y esto es lo que importa, sigue habiendo gente que no dejará que nos recostemos en la butaca o en el sofá sin hacer nada más que mirar la pantalla. En el siglo XXI toca pensar.
Veo dos planos externos fundamentales que apreciar en el discurso: lo visual y sonoro ensamblado con lo argumental y lo sugerido. Como en otras de sus pelis, la subjetividad, lo evocador, los silencios, la intuición y lo instintivo tienen un papel fundamental y estoy segura que estos elementos están presentes no sólo en el resultado, sino desde el mismo momento de génesis artística. Se me antoja Jarmusch un visionario, un poeta del cine y del ser contemporáneo; por encima de todo, un vanguardista. La impresión que causa esta cinta en los sentidos ya es motivo suficiente para verla. La magnífica fotografía lleva la impronta de Doyle, otro genio del que hace pocos meses pude también disfrutar en alguno de sus trabajos. Como las impresiones son algo íntimo e intransferible en lo esencial, yo presento las mías como lo que son, una apreciación subjetiva sin mayores pretensiones: las imágenes enormemente sugerentes del desierto de Almería, recuerdos de western y sutil huella de Dead Man, otra de las de este autor con una de las bandas sonoras que mejor se conservan en mi memoria; los árboles pasando delante de la cámara al ritmo del tren, como esos que algunos nos empeñamos en fotografiar cuando avanzamos por la carretera a ciento cuarenta kilómetros por hora; los reflejos en los cristales donde se atraviesan imágenes exteriores e interiores en un juego simbólico y envolvente que llega a producir un efecto en el espectador entre narcótica y alucinógena. Junto a ello, el tratamiento del elemento sonoro, algo que considero fundamental en el cine, o mejor, en el discurso moderno e innovador del cine que se nos presenta en creaciones como la que es objeto de estas líneas. Vuelven los silencios, el diálogo se llena de elementos paralingüísticos y contextuales; la música no invade la imagen, sino que la realza y los motivos sonoros que se repiten como leitmotiv se convierten en unidades denotativas, no anuncian como ocurre en otras historias, son elementos fundamentales que construyen el argumento. A esto se suma el cuidado en la banda sonora, el control de los cambios de volumen y una estética que en los contrastes y contradicciones manifiesta una visión del mundo que se abre a múltiples perspectivas unidas por la necesidad de ahondar en la complejidad de un mundo que se debate entre lo global, lo mediatizado y lo individual.
El tipo de discurso cinematográfico que proponen autores como Jarmusch requiere compromiso como espectador. Quizá sea esta una de las diferencias fundamentales entre el cine comercial y el independiente. Anoche estuve viendo Last Days de Gus Van Sant y pueden encontrarse entre las dos películas elementos comunes – aunque poco tienen que ver sus contenidos y punto de vista – que lo que demuestran es una forma distinta de hacer cine; la búsqueda de códigos, de lenguajes, de discursos propios del Séptimo Arte distintos de los de la Literatura, del Teatro, etc. Pero si hay elementos estructurales que en ambos autores pueden apreciarse, también es cierto que el estilo es completamente distinto, así como la intención (comparo estas dos obras por haberlas visto con una diferencia de doce horas y tenerlas recientes). En cualquier caso, y esto es lo que importa, sigue habiendo gente que no dejará que nos recostemos en la butaca o en el sofá sin hacer nada más que mirar la pantalla. En el siglo XXI toca pensar.
8 de mayo de 2010
Fin de semana
Llevaba un par de años posponiendo un viaje a Murcia y llegó un Día del Libro, Día de Castilla, cuando la Primavera se ponía máscara de Verano durante un viaje de seis horas con meta en el Mediterráneo. Y aunque reconozco que siento devoción por la mitad noroeste de la Península, mis ojos me dicen que la luz de Levante acariciando aquel mar en calma tiene algo que actúa como sedante en los espíritus agitados por viento de proa.
Dormimos las cuatro horas necesarias para que nuestros párpados no se cerraran a mitad de camino y cogimos temprano la carretera envueltos en una niebla que apenas nos permitía ver el camino. Racionadas las paradas y sin prisas, sabíamos que recorrer los cientos de kilómetros que nos separaban de nuestro destino, de nuestros amigos, requerían paciencia. Pero no hay trayecto largo, ni cansado, ni aburrido, ni enterrado en el olvido cuando se disfruta de cada metro recorrido. Me encanta viajar en coche y ver cómo el paisaje cambia al otro lado de la ventanilla. Llegamos a la sierra madrileña a primera hora de la mañana. Hasta allí fue un paseo. La gran ciudad de lejos, los aviones sobrevolando nuestras cabezas aún nos llaman la atención (curiosidad en los habitantes de ciudad pequeña); mi deseo de tomar el desvío hacia el centro y plantarme en mitad del Retiro… La M40 me saca en minutos de recuerdos sobre cafés que nunca he tomado y frases que no serán pronunciadas jamás de la misma manera, jamás susurrando tan suave. Dirección Valencia. Suplico a mi pareja de viaje una parada y un cigarro en un bar de carretera donde aún el sol no calienta pero el café me abrasa la lengua en el primer sorbo. Titubeo, no sé si sentarme en el taburete o darme un paseo hasta el expositor de CDs para ver si Manolo Escobar ha sido sustituido por Falete. Lo más prudente es seguir de pie, inmóvil, para evitar atraer alguna mirada que descubra la urgencia de un buen corte de pelo para esta caótica melena. Minutos después reanudamos el viaje con las gafas de sol puestas, sorprendidos de que a mitad de un bostezo parece que ya estamos en Albacete, atravesando campos eólicos, rodeando la ciudad y sintiendo cómo el sol comienza quemar nuestros brazos utilizando la luna del coche como lupa.
Sobre la una llegamos a Murcia, nos deshacemos de chaquetas innecesarias y respiro hondo los veinticinco grados de temperatura que no sentía desde el verano pasado en la meseta norte. Después de dar un paseo y tomar una caña para hacer tiempo hasta que mi amiga del alma venga a buscarnos, nos enredamos en una comida regada de cerveza Estrella Levante y cientos de palabras. Como si nos hubiéramos visto ayer, porque hay personas con las que nunca se pierde la conexión y los conocimientos compartidos son tantos que hasta de los silencios prolongados surgen risas y una sola letra nos dice lo que la otra está pensando.
Por la tarde nos acercamos al centro, me compro un libro de historias de fantasmas por el que estuvieron a punto de pagarme dinero y paseamos orillas del Segura, hasta el vestíbulo del precioso casino que a mi amiga le recuerda a tertulia literaria y a mí, me ocurre con todos los casinos, me hace pensar en La Regenta aunque en éste se me llenan las retinas de muchísima más luz y colorido. Después de hacer un par de fotos a la catedral volvemos a las cañas; y cuando creía que el sueño comenzaba a vencerme, se me enciende el cerebro con una discusión sobre formas de vida en las que comencé a pensar hace ya algo más de un año, a la que no acabo de dar conclusión ni síntesis y para la que sigo esperando un interlocutor que me ayude a definir mi punto de vista. Y después, a la cama.
Al día siguiente nuestros amigos nos llevan a recorrer los alrededores y la primera parada no podía ser otra, había que saludar al Mediterráneo. Me quedo con ganas de ver los flamencos que me prometieron que habría en las salinas (somos gente poco conocedora de las costumbres migratorias de las aves), pero me queda una bala en la recámara y la utilizo para enunciar el deseo de ir a Orihuela, que hace cien años nació Miguel Hernández y no sé cuando volveré a tener la oportunidad de ver las nubes desde donde el poeta soñaba. Ya casi he olvidado lo difícil que fue encontrar su casa natal, porque se han grabado en mí más nítidamente
recuerdos de una preciosa ciudad con pared de roca y escaleras hacia el cerro, con cúpulas de teja esmaltada, con una casa humilde en dirección opuesta al cementerio donde un grupo de personas recitaban poesía acompañados por una guitarra y donde me hubiera quedado hasta que se pusiera el sol, clavando en sus miradas mi mirada para decir que siempre se me hincha el corazón cuando oigo voces decididas y profundas, comprometidas y emocionadas humedeciendo palabras llenas de alma. Recorrimos la casa con paso distinto, acabando en el patio bañado de luz, de verde, de azul y blanco con la higuera al fondo, subiendo algunos peldaños, invitando a disfrutar de su sombra. En silencio salimos a escuchar algunos versos más y en silencio nos miramos despidiéndonos de Orihuela siguiendo la carretera que bordea el palmeral.
Camino a casa la imaginación vuela y tras tocar el último punto de nuestro itinerario que llamaba a disfrutar de las vistas de Murcia cubierta de noche y plagada de luces desde las alturas de la Fuensanta, volvimos a dormir para levantarnos con ganas de ir a visitar Cartagena. Una ciudad que merece la pena saborear y a la que sé que regresaré porque se me quedó un gusto en la boca que quiero volver a paladear. Atardecer en Cala Cortina con un cigarro que se convierte en cenizas flotando sobre un mar en calma tan terso, tan plano que sugiere que si lo tratas bien te dejará caminar sobre sus
aguas. Y allí nuestras caras que han empezado a tomar un color dorado, obsequio de dos días despejados a más de veintiocho grados, parecen las de los protagonistas de una película hecha para jóvenes que disfrutan la vida.
Y al día siguiente volvemos a deshacer el camino recorrido, temprano de nuevo, que a mí me espera otro viaje por la tarde a la ciudad que me acoge de lunes a viernes, y quiero descansar antes un rato, porque la imágenes se me asientan en sueños y necesito reposarlas para convertirlas en recuerdos de un precioso fin de semana lejos de la quietud que últimamente me tiene enganchada.
Dormimos las cuatro horas necesarias para que nuestros párpados no se cerraran a mitad de camino y cogimos temprano la carretera envueltos en una niebla que apenas nos permitía ver el camino. Racionadas las paradas y sin prisas, sabíamos que recorrer los cientos de kilómetros que nos separaban de nuestro destino, de nuestros amigos, requerían paciencia. Pero no hay trayecto largo, ni cansado, ni aburrido, ni enterrado en el olvido cuando se disfruta de cada metro recorrido. Me encanta viajar en coche y ver cómo el paisaje cambia al otro lado de la ventanilla. Llegamos a la sierra madrileña a primera hora de la mañana. Hasta allí fue un paseo. La gran ciudad de lejos, los aviones sobrevolando nuestras cabezas aún nos llaman la atención (curiosidad en los habitantes de ciudad pequeña); mi deseo de tomar el desvío hacia el centro y plantarme en mitad del Retiro… La M40 me saca en minutos de recuerdos sobre cafés que nunca he tomado y frases que no serán pronunciadas jamás de la misma manera, jamás susurrando tan suave. Dirección Valencia. Suplico a mi pareja de viaje una parada y un cigarro en un bar de carretera donde aún el sol no calienta pero el café me abrasa la lengua en el primer sorbo. Titubeo, no sé si sentarme en el taburete o darme un paseo hasta el expositor de CDs para ver si Manolo Escobar ha sido sustituido por Falete. Lo más prudente es seguir de pie, inmóvil, para evitar atraer alguna mirada que descubra la urgencia de un buen corte de pelo para esta caótica melena. Minutos después reanudamos el viaje con las gafas de sol puestas, sorprendidos de que a mitad de un bostezo parece que ya estamos en Albacete, atravesando campos eólicos, rodeando la ciudad y sintiendo cómo el sol comienza quemar nuestros brazos utilizando la luna del coche como lupa.Sobre la una llegamos a Murcia, nos deshacemos de chaquetas innecesarias y respiro hondo los veinticinco grados de temperatura que no sentía desde el verano pasado en la meseta norte. Después de dar un paseo y tomar una caña para hacer tiempo hasta que mi amiga del alma venga a buscarnos, nos enredamos en una comida regada de cerveza Estrella Levante y cientos de palabras. Como si nos hubiéramos visto ayer, porque hay personas con las que nunca se pierde la conexión y los conocimientos compartidos son tantos que hasta de los silencios prolongados surgen risas y una sola letra nos dice lo que la otra está pensando.
Por la tarde nos acercamos al centro, me compro un libro de historias de fantasmas por el que estuvieron a punto de pagarme dinero y paseamos orillas del Segura, hasta el vestíbulo del precioso casino que a mi amiga le recuerda a tertulia literaria y a mí, me ocurre con todos los casinos, me hace pensar en La Regenta aunque en éste se me llenan las retinas de muchísima más luz y colorido. Después de hacer un par de fotos a la catedral volvemos a las cañas; y cuando creía que el sueño comenzaba a vencerme, se me enciende el cerebro con una discusión sobre formas de vida en las que comencé a pensar hace ya algo más de un año, a la que no acabo de dar conclusión ni síntesis y para la que sigo esperando un interlocutor que me ayude a definir mi punto de vista. Y después, a la cama.
Al día siguiente nuestros amigos nos llevan a recorrer los alrededores y la primera parada no podía ser otra, había que saludar al Mediterráneo. Me quedo con ganas de ver los flamencos que me prometieron que habría en las salinas (somos gente poco conocedora de las costumbres migratorias de las aves), pero me queda una bala en la recámara y la utilizo para enunciar el deseo de ir a Orihuela, que hace cien años nació Miguel Hernández y no sé cuando volveré a tener la oportunidad de ver las nubes desde donde el poeta soñaba. Ya casi he olvidado lo difícil que fue encontrar su casa natal, porque se han grabado en mí más nítidamente
Camino a casa la imaginación vuela y tras tocar el último punto de nuestro itinerario que llamaba a disfrutar de las vistas de Murcia cubierta de noche y plagada de luces desde las alturas de la Fuensanta, volvimos a dormir para levantarnos con ganas de ir a visitar Cartagena. Una ciudad que merece la pena saborear y a la que sé que regresaré porque se me quedó un gusto en la boca que quiero volver a paladear. Atardecer en Cala Cortina con un cigarro que se convierte en cenizas flotando sobre un mar en calma tan terso, tan plano que sugiere que si lo tratas bien te dejará caminar sobre sus
Y al día siguiente volvemos a deshacer el camino recorrido, temprano de nuevo, que a mí me espera otro viaje por la tarde a la ciudad que me acoge de lunes a viernes, y quiero descansar antes un rato, porque la imágenes se me asientan en sueños y necesito reposarlas para convertirlas en recuerdos de un precioso fin de semana lejos de la quietud que últimamente me tiene enganchada.
4 de mayo de 2010
2 de mayo de 2010
Miguel Delibes
No suelo escuchar música o leer las obras de gente que acaba de morir; espero a que llegue el momento en que me llamen la atención sin dejar que sea la muerte la que me lleve a ellas. Sin embargo, con Delibes he hecho una excepción. Cuando era una cría leí alguna de sus novelas y no suscitó en mí mayor interés su literatura. Cuando estudiaba en la Facultad lo vi en una conferencia, ya enfermo, con paso lento y honorable. La imagen que se grabó en mi retina se cargó de humanidad con aquella sonrisa que significaba proximidad al otro.
Como digo, con Delibes he hecho una excepción y he retomado la lectura de sus letras tras su muerte, por motivos relacionados con el trabajo, pero me alegro de que haya sido así. Ha sido ahora, desde una sensibilidad distinta, cuando he comenzado a apreciar sus palabra. Tomé dos obras, Las ratas y El disputado voto del señor Cayo y me ha encantado. Su dominio de la palabra exacta, la que se convierte en la cosa misma porque nace de la tierra, huele a aire libre y a camino hecho por el hombre que trabaja con las manos. Las descripciones son tan finas que conmueven; los personajes, tan reales en lo bueno y en lo malo, que cobran vida. Sin lugar a dudas su maestría nace de una sensibilidad inmensa, de una capacidad de observación nada habitual. Me ha sorprendido como sabe captar los distintos tiempos, algo que intuí en Las ratas y de lo que fui totalmente conciente en El disputado voto, precisamente en el contraste entre los personajes de la ciudad y el señor Cayo. Él se rige por otro tempo. El ritmo del sol, del viento, de las cosechas...
En fin, he perdido gran parte de mi habilidad para el comentario y la crítica literaria, así que lo dejo para cuando me sienta más preparada. Por ahora, ha sido un placer compartir estas noches con Miguel Delibes y aseguro que se volverá a repetir. Y sólo una cosa más: si es un placer, el más grande, leer a este pintor de espacios y de hombres, también lo es escucharlo en las múltiples entrevistas que se le han hecho. Como se suele decir, ya no quedan hombres así.
Dominique A
Je ne respires plus, Milos
Ma haine a fait son choix et sur moi s'est portée
Elle n'est pas mal tombée et s'en est contentée
C'est depuis le début si elle m'abandonnait
Hop, un nouvel échec et elle me revenait
Quant au vu de ma chance elle ne m'a plus quittée
Tous les projets d'amour sont allés faire un tour
Mais enfin pour une fois qu'un d'entre eux se tenait
Voilà que je m'éteins et je ne respire plus
A y penser deux fois ce sont sûrement les autres
Qui s'éteignent et c'est moi qui l'emporte ici bas
Leur visage sous le nez je ne reconnais pas
Ce qu'ils sont, qu'ils étaient et je ne respire plus
Ah, je les sens perdus et même je vais leur dire
Leur absence à eux-mêmes, la pitié qu'elle inspire
Leur dire de but en blanc et leur faire ce procès
De s'enlaidir exprès alors que je m'éteins
Mur à la chaux, lit bas et veilleuse en sommeil
Je ne vois plus que ça et puis quelqu'un qui dort
Sans s'éveiller sur moi et déjà il ignore
Que c'est lui qui s'éteint et moi qui bouge encore
Jusqu'au bout on m'aura seriné pour avoir
La clé de quelques faits dont la seule mémoire
C'est la mienne qui n'a plus aucune obligation
Et ne veux plus me dire si je respire ou non
Si je respire ou non
Si je respire ou non, Milos
Ma haine a fait son choix et sur moi s'est portée
Elle n'est pas mal tombée et s'en est contentée
C'est depuis le début si elle m'abandonnait
Hop, un nouvel échec et elle me revenait
Quant au vu de ma chance elle ne m'a plus quittée
Tous les projets d'amour sont allés faire un tour
Mais enfin pour une fois qu'un d'entre eux se tenait
Voilà que je m'éteins et je ne respire plus
A y penser deux fois ce sont sûrement les autres
Qui s'éteignent et c'est moi qui l'emporte ici bas
Leur visage sous le nez je ne reconnais pas
Ce qu'ils sont, qu'ils étaient et je ne respire plus
Ah, je les sens perdus et même je vais leur dire
Leur absence à eux-mêmes, la pitié qu'elle inspire
Leur dire de but en blanc et leur faire ce procès
De s'enlaidir exprès alors que je m'éteins
Mur à la chaux, lit bas et veilleuse en sommeil
Je ne vois plus que ça et puis quelqu'un qui dort
Sans s'éveiller sur moi et déjà il ignore
Que c'est lui qui s'éteint et moi qui bouge encore
Jusqu'au bout on m'aura seriné pour avoir
La clé de quelques faits dont la seule mémoire
C'est la mienne qui n'a plus aucune obligation
Et ne veux plus me dire si je respire ou non
Si je respire ou non
Si je respire ou non, Milos
1 de mayo de 2010
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