8 de agosto de 2012

Te buscaré por las calles de Berlín




    Este verano  hemos rozado con la punta de los dedos Berlín.

En una ciudad en la que se disfruta, se aprende, se pasea, se enseña,  se piensa, se escucha... No hay mucho sitio para montar escaparates, cada centímetro está pensado y cuidado. Hay espacio incluso para el caos, un lugar muy adecuado. Me parece que Berlín no es para ver, es una ciudad para vivir.






                      
























Siete días en Berlín con constantes cambios de humor - las hormonas y la mente le juegan a una malas pasadas demasiado a menudo - da para las más variadas impresiones. La primera no es nueva: tengo que ponerme con el inglés; esto es algo que comparto con nuestro expresidentes de gobierno (así, con minúsculas). No obstante, en Alemania, por sorprendente que parezca la gente habla alemán, pero claro la lengua ómnibus siempre ayuda.



Segunda impresión: en Berlín, como en Burgos, también puede hacer mucho calor, mucho, y un sol radiante. El verde de sus grandes y pequeños parques diseminados por toda la ciudad se vuelve brillante, siempre húmedo, apetecible, invitando al relax pilsner en mano. Un paseo en bici desde Kreuzberg esquivando coches y autobuses por Unter der Linden mientras Brandenburger Tor se hace más y más grande, más y más concurrida, aplastante, franqueándola sin darle importancia, al estilo berlinés, hasta introducirse en Tiergaten es una experiencia más que recomendable. Mejor si se hace del tirón, muchas interrupciones son demasiadas si se suman las de los semáforos.



 El gran parque es laberíntico. El tupido follaje (quien no ha querido emplear este vocablo alguna vez? ;) pinta de sombra e intimidad los paseos, algunos convertidos en escondidas sendas que invitan a explorar el corazón de esta gran ciudad. Una urbe de recovecos - tercera impresión -  que hay que saber descubrir, intuyo. Apetece recorrerlo con calma, dejar de pedalear un instante para echar un vistazo a la Columna de Victoria y continuar respirando la calma de Berlín.








Otras cosas que contar... Los museos, la comodidad de los medios de transporte, los bloques de cemento que se convierten en homenajes, memoriales, historia. Berlín es el presente al que le pesa enormemente su historia y para poder cargarla reconstruye sus cimientos destruidos en otro tiempo con un material hecho de conocimiento, memoria y discreción. Hay un dolor que no se oculta, aunque tampoco se exhibe, simplemente se muestra para que no caiga en el olvido uno de los más atroces ejemplos de la crueldad humana. Humana, no alemana.



           









































Hay algunas cosas de las que yo no voy a escribir, ya son muchos los que lo han hecho y lo harán un millón de veces mejor. Me quedo con la huella que ha dejado en mí, valor y resistencia. Ganas de vivir.









La tarde que pasamos charlando sentados sobre la hierba del aeropuerto Tempelhoff, visita recomendada por un chico español. Somos un pueblo emigrante.















 La tumba de B.B. y su señora en un precioso cementerio cerca de la Nueva Sinagoga, si no recuerdo mal. Un poema, las piedras, las flores. Serenidad. Cerca de la entrada  encontré una inscripción que me removio "Nous les croyions perdus mais ils dormient".










El fin de semana en Kreuzberg, la música en la calle, las terrazas, nuestra habitación... La cerveza!








         









Ha sido una semana para recordar. Espero volver, Berlín, y que me acojas con optimismo porque llegaré con una energía muy diferente a la que me has conocido, seguro que sí. Me construiré unos cimientos fuertes y sólidos. Estoy en ello.






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