La cabeza ladeada con los ojos orientados hacia el infinito para poder mirar en su interior. Un sueño perpetuo. Toda pérdida tiene su periodo de duelo, en algunos casos infinito si no se lucha por recuperar el control del presente venciendo la nostalgia y la añoranza. Algunos hombres caminan así, a un centímetro del suelo, sin dejarse rozar por el aire contaminado que respiran los demás. Envueltos en plástico aislante que los mantiene inmaculados. ¿Y después qué? Después nada, la omnipresencia de la soledad y la incomunicación.
Prometemos encontrar el camino, esforzarnos más, acabar los proyectos abandonados, aprovechar el tiempo... Pero nunca encontramos el momento para ello. Algunos somos insoportablemente lentos. La lentitud, la pereza, la abulia, el spleen devoran hasta no dejar del hombre ni el recuerdo de sus huesos. Aunque todavía nos quedan los deseos y la extraña sensación de que, a pesar de los fracasos y las lágrimas, alguien sigue susurrando poemas desde el otro extremo de los recuerdos directamente a nuestro corazón.
Algunas noches al meterme en la cama me tapo hasta los ojos y reimagino recuerdos ligeramente mejorados con los que modelo futuros dulces llenos de abrazos y victorias. Con más sonrisas, con palabras perfectamente pronunciadas, con las historas mejor contadas. Quiero que sea un presentimiento; que sea verdad que si deseas algo con todas tus fuerzas, llegará a cumplirse; por favor, que sea verdad...
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