Confirmado: soy adicta a Internet. Llevaba dos años conectada por la cara, es decir, by the face, pero se acabó lo que se daba. Ahora me bajo a un ciber para leer el correo y las cuatro tonterías de facebook. Especialmente el correo, signo evidente de que soy estúpida además de una adicta (es una historia más complicada de lo que estoy dispuesta a aparentar).
Ayer fue un día duro, no sabía qué hacer con mi vida. Quería descargarme una serie que me recomendaron y en la que parece que había una reflexión hecha para mí; nada, imposible, no hay red. Pasé la mitad de la tarde posando desordenadamente la mirada sobre los libros sin querer abrir ninguno. Hoy no voy a repetir. Estos minutos han sido la ración del día, la caladita de hoy. Llevo dos pelis en el bolso recién sacadas de la biblio, y me las pienso merendar. Acabaré el libro que empecé esta mañana y soñaré con el siguiente de Paul Auster que saciará mi sed de metaliteratura. Me ha fascinado este hombre, localizado justo en el momento adecuado; como debe ser.
Esta es la estrategia: alejarme de esta red para envolverme en la telaraña del cine y la literatura al estilo tradicional (un cigarro, una cerveza y mi sofá). Esta vez me dejo devorar.
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