15 de septiembre de 2013

El desconcierto

Hay una película que me impresionó la primera vez que la vi y no ha dejado de admirarme cada una de las ocasiones en que me he sentado encandilada, emocionada, a revisarla. El desencanto. Quedé fascinada con la familia Panero, desconcertada, extrañada, llena de curiosidad... Leopoldo María sigue motivando emociones y estados en mí similares, como un recuerdo del pasado que de forma tan inesperada aun conserva vida suficiente para hacerte temblar. Un poema es la llave para a abrir la puerta hasta lo más profundo... quizá del infierno, otras veces del deseo... Recuerdos de una adolescencia marcada por las lecturas en la biblioteca de una ciudad pequeña que vigilaba escondida en las sombras a los jóvenes ansiosos por explorar un mundo que, sin saberlo todavía, se extendía desde el río hasta la puerta del bar, no había más. Desencanto, decadencia, mediocridad... Probablemente, no en este orden.
En fin, nos hicimos mayores y nos alejamos los unos de los otros y de nosotros mismos, al tiempo que nos convencíamos de nuestra capacidad para no ser convencidos asumiendo así la mentira más absoluta. ¿El dilema?: ¿vivir o sobrevivir? Algunos caímos derrotados ante el tercer dolor de cabeza. No hace mucho me llamaron cobarde.
Me pregunto por qué siento ahora la necesidad manifestar tales vaguedades que poco pueden interesar salvo que fueran firmadas por alguien de reconocido prestigio (ya casi una expresión digna de destacar, si no de ser un perfecto fin de la cita)...
Hablaba del desencanto y caí en el desconcierto, porque no hay nada más actual que esa sensación de desorientación a la que nos lleva una realidad tan inverosímil como la que vivimos. Nos creímos preparados para afrontar la herencia de nuestros antepasados y nos hemos mostrado como inútiles absolutos. Al menos por un tiempo. Habrá que cambiar.

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