Hace tiempo que no escribo; un par de borradores sobre los que no volví, algunos trozos de papel doblados y guardados donde nadie vaya a echar un vistazo, y poco más. Cada vez que pongo los dedos sobre el teclado descubro que todo lo que quería decir se ha esfumado o ha perdido sentido o coherencia o ambas (solo ambas, no "ambas dos" como parece que le gusta decir a la señorita del banco a la que no se le mueve ni un pelo cuando le hablas de estafas contra los ahorradores con menos ahorros).
Pero aquí estoy. Quizá porque retomar aquello con lo que disfrutabas es, como poco, una buena terapia: sin presión, sin dolor, sin prisa. Sigo sin confiar en mi capacidad para construir rutinas, pero no pierdo nada por intentar expresar, quizá solo muy de vez en cuando, lo que me inquieta, lo que me gusta, cómo sopla el viento en un séptimo piso y lo bien que huele el aire cuando sonríes... O aprender a no llenar la pantalla con enumeraciones (jiji).
Somos apenas una sombra sin el otro, así que, y aunque sea una ilusión, decido dejarme ver.
Antes de meterme bajo las sábanas... Absténganse curiosos lectores imaginarios, e imaginados, de interpretar el título de esta entrada en su uso coloquial.
Próximo capítulo: De por qué creo que el único banquero bueno es el banquero...
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