16 de marzo de 2011

Me llama mi madre y me dice que la hija de la vecina ha muerto. Cuarenta y tres años. Quizá no ha muerto; dicen que parece que puede que se haya suicidado. Las dos sabemos que puede ser. Es triste. Muy triste. Tengo una sensación extraña; mi madre está sensible. A las dos nos tiembla un poco la voz. "Esto no se supera en la vida. Es lo peor que le puede ocurrir a una madre". Tengo que apartar un poco el teléfono porque cuando mi madre dice esas cosas se me cae toda mi vida encima.
Recuerdo que alguien me repitió muchas veces que no volviera a decir que quería morirme. Realmente comprendí por qué; nadie me lo había explicado así. No supe darle las gracias por ello. Gracias, de veras, de alma (esa que decía que no tenía, pero tengo). Ahora ya no lo digo; no muy a menudo al menos. Es realmente triste...
No necesito que alguien muera para darme cuenta de todo lo bueno que tengo, de que amo la vida y cada uno de sus segundos, de que la melancolía trae días encapotados tras los que está el sol. No necesito que nadie muera. Ojalá no estuviera muerta... Es sinceramente triste.

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