Mi amiga, mi niña:
Te tengo muy, muy presente en las horas que recorren algunos de mis días más desapacibles, y cuando el viento me sopla en la cara escucho resonar tu brisa suave y guardada. Escucho tu nerviosismo azul escondido entre mis tendones gastados de querer apretar el gatillo y no poder encontrar un blanco fácil; no uno más fácil que mi propio corazon candado y con escamas. Pero dejemos por un momento de hablar de mi y hagámoslo juntas, porque tomarnos del verbo se hace un respiro en estos días de soledad discordada. Y cuando te lance palabras en clave y cuando escuche a Leonard Cohen en el Chelsea Hotel y llore; y cuando quieras ayudarme de tu terrible honesta manera y yo no pueda... guarda mis besos y abrazos hasta que las palabras salgan. Porque no es fácil decirte todo lo que en ti, con conversaciones secretas e imaginadas, confío
Espero que el tiempo, los dioses y la mar te deparen los más brillantes caminos como en mi días brillas, con inteligencia y cariño. Que cuando estés cansada uses mis piernas; que cuando llores, te limpies con mi piel recien lavada; que avances por encima de las nubes, que te seguiré sonriendo y cantando alabanzas de amistad, de cabellos enredados en historias de amores rotos soportados hombro contra hombro.
Y ahora descansa, que la noche se ha hecho larga para seguir hablando. Ya en el sueño y aquellos acordes de guitarra que nos traían locas nos encontraremos para acabar rompiendo en versos los buenos y los malos momentos.
Y que te quiero.
A María y Ana y a las otras que no miento.
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