Fin de semana en Madrid, largas esperas. Reunión de amigos, muchísimas cañas, el sol golpeando mi rostro de otoño y la mayor parte de los deseos aún en el tintero. Me gustan los viajes en el asiento delantero del coche. Me gusta dormir acompañada y levantarme la primera, aunque me toque la ducha fría y avisar en recepción de que me he congelado: "Por favor, que él no pase frío". Me asusta que me asuste tanto la gente invadiendo las calles y que siempre tenga que elegir a solas para sentirme satisfecha. Las manos se extienden demasiado limpias en esta ciudad de polvos usados.
Domingo de resaca y resurrección. La visita al recién nacido me despierta el apetito de vida y creación. Daría algo por mecer en mis brazos algo bueno de mí. Daría algo por darte más de lo que tengo y recoger de ti el reflejo de mis sueños. Sólo materializo pesadillas sobre el aire de estas corrientes semicirculares. Espero que la casa no llegue a explotar sin llevarnos por delante.
Punto y aparte
No hay fotos, no hay besos, no hay nada de lo que tanto echo en estos días de menos.
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